Columnas

Camarada Trump

‘Así es como comienzan las dictaduras. En tanto EE.UU. se prepara para su próxima elección presidencial en noviembre, es responsabilidad de cada ciudadano examinar racionalmente los impulsos dictatoriales de Trump, cuya reelección no haría más que reforzar’.

“En apenas tres años”, declaró el presidente norteamericano, Donald Trump, en su reciente discurso del Estado de la Unión, “hemos destrozado la mentalidad de decadencia estadounidense y rechazado la reducción del destino de Estados Unidos”. Este pronunciamiento infundado -más propaganda que realidad- recordó la proclama de Joseph Stalin de 1935 de que “la vida ha mejorado, camaradas; la vida se ha vuelto más alegre”. 

Cuando Stalin hizo alarde de “la mejora radical en el bienestar material de los trabajadores” generado por el régimen soviético, las estadísticas de producción estaban rezagadas; la hambruna había devastado a las poblaciones; y la Gran Purga -una campaña brutal de represión política- estaba a la vista. De la misma manera, mientras Trump elogia a su administración por restablecer supuestamente la grandeza de EE. UU., aliados y amigos de la nación están esforzándose por reducir su dependencia de EE. UU., lo que se ha tornado una amenaza para la estabilidad global y un hazmerreír internacional. 

Hoy la administración Trump está haciendo circular un borrador de orden ejecutiva llamado “Volviendo a hacer bellos los edificios federales”, que obligaría a los arquitectos a adherir a estructuras “clásicas”, inspiradas en la tradición griega y romana. La orden subraya el valor simbólico de los edificios y se opone explícitamente a los Principios Guía de la Arquitectura Federal, de 1962 –respaldados por el presidente John F. Kennedy- que instaban a que el diseño fluyera de la profesión arquitectónica al Gobierno. Esto no debería sorprender. Mucho antes de ser presidente, Trump utilizaba la arquitectura para hacer valer su poder y privilegio. 

Las construcciones estridentes que caracterizan a sus edificios tienen mucho en común con los gustos rococó fastuosos abrazados por autócratas contemporáneos como Xi Jinping de China, Vladimir Putin de Rusia y Recep Tayyip Erdogan de Turquía. Estos líderes también han apelado a otra forma clásica de proyección de poder autoritaria: los desfiles militares, un método ya conocido a través del cual figuras autoritarias buscan impresionar a seguidores y oponentes. En 2017, Trump no pudo contener su emoción en un desfile militar en el Día de la Bastilla en París. Dos años más tarde realizó su propio desfile militar con un despliegue de gasto vertiginoso. La imposibilidad por parte de Trump de aceptar las críticas es particularmente preocupante. 

Stalin perseguía a quienes consideraba sus adversarios como “enemigos del pueblo”, encarcelando o matando a miles por deslealtad. Trump puede no ser capaz de llevar a cabo ese nivel de represión, pero ha utilizado la misma retórica, llamando a los medios críticos “enemigos del pueblo”. Inmediatamente después de su absolución por parte del Senado controlado por republicanos en una farsa de juicio político, Trump despidió a quienes habían prestado testimonio en la Cámara de Representantes sobre sus esfuerzos por presionar al presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, a investigar a un rival político. 

Fue un ejemplo excelente de la retribución de que dependen las dictaduras. Así comienzan. Cuanto más poder concentra Trump en sus manos, más lúgubre se vuelve la perspectiva de largo plazo para la democracia norteamericana. Su reelección podría significar un apagón de las luces.