Columnas

Brasil necesita cuidados intensivos

Bolsonaro y otros demagogos populistas como él en todo el mundo son incapaces de ofrecerlo, y cuanto más duren en el poder, más personas morirán.

Tras la reciente expulsión del popular ministro de justicia de Brasil, Sergio Moro, la cuarta democracia más grande del mundo está a punto de hundirse en una inestabilidad todavía más profunda. En su discurso de renuncia, Moro criticó al presidente, Jair Bolsonaro, por interferir en la nominación de policías federales y en sus investigaciones. Para muchos brasileños esas intromisiones son particularmente irritantes porque dos de los hijos de Bolsonaro están bajo investigación por diversos delitos. En réplica desafiante y errática transmitida en vivo por TV, Bolsonaro negó cualquier ilícito, y a continuación me señaló personalmente. Este incidente es emblemático de la tragedia que se abatió sobre la democracia brasileña bajo Bolsonaro. Él y sus hijos gobernarían con el mismo espíritu de intolerancia que había animado su campaña electoral. No soy la única que se ha vuelto blanco de andanadas de amenazas y ataques en Internet. Bolsonaro y sus seguidores apelan en gran medida a las redes para intimidar, hostigar y difamar, como parte de una guerra que libran contra la libertad de expresión, libertades civiles y combate al cambio climático. Lo que ha dado en llamarse el «gabinete del odio» del presidente (un grupo fanático de asesores que incluye a sus hijos y orquesta los ataques coordinados del gobierno a los críticos) tiene consecuencias reales. Pero Bolsonaro no es el único líder populista que usa las redes sociales para librar una guerra contra sus adversarios políticos y eludir reglas y normas de la democracia. Líderes autoritarios emplean las herramientas de la era digital para dominar el espacio cívico y aplastar a la sociedad civil. Inundando el mundo virtual con desinformación y retórica divisiva, debilitan la rendición de cuentas de los gobiernos, desvirtúan la libertad de expresión y la prensa, y atizan la violencia. Clausurar el espacio de la participación cívica y la deliberación coherente tiene efectos desastrosos sobre la formulación de políticas públicas y el bien colectivo. En el contexto de la COVID-19, los ataques autoritarios a los medios independientes, a la ciencia y a las voces de la oposición son literalmente mortales, porque atentan en forma directa contra la salud pública y fomentan la agitación social. Bajo Bolsonaro, Brasil se está convirtiendo en el nuevo epicentro de la pandemia global, y en las ciudades que lo votaron para presidente se registran niveles de contagio considerablemente mayores. Tras haber sido totalmente incapaces de unir a los brasileños para enfrentar esta crisis, Bolsonaro y su gobierno pueden terminar siendo los primeros que caigan como resultado del coronavirus. En Brasil y otras democracias en dificultades, las organizaciones de la sociedad civil y la ciudadanía ordinaria deben recuperar el espacio cívico antes de que terminen de cerrarlo. Para ello, el primer paso es generar conciencia sobre lo que están haciendo los líderes autoritarios y sus seguidores, sobre todo ahora. Es en las emergencias cuando estas instituciones son más necesarias. Pero la reapertura del espacio cívico también exige liderazgo político, algo que hoy día es muy escaso. Bolsonaro y otros demagogos populistas como él en todo el mundo son incapaces de ofrecerlo, y cuanto más duren en el poder, más personas morirán.