Columnas

Andrés Velasco: Todos somos argentinos

No hay razón para que quienes creen que el cambio climático es un peligro crean que la ayuda financiera internacional es efectiva 

¿Por qué no aprendemos nunca?” La pregunta exasperada la formuló un reconocido economista latinoamericano tras afirmar que su país estaba a punto de cometer el mismo error que ya ha cometido decenas de veces. El resultado de las elecciones presidenciales en Argentina me hizo recordar este episodio. El triunfo del “anarcocapitalista” Javier Milei acaparó la atención de los medios, pero igual de notables fueron los 11,5 millones de votos (44,3 % del total) que obtuvo el candidato peronista, Sergio Massa, exministro de Economía, quien había ganado en primera vuelta. Mientras Massa estuvo en funciones, Argentina incurrió en un masivo déficit fiscal financiado exclusivamente a través de emisión de dinero. Según la estimación más baja, la inflación en 2023 alcanzará el 135 %; la deuda fiscal 95 % del PIB y las reservas en dólares del Banco Central, negativas en alrededor de $ 5 mil millones. ¿Realmente 11,5 millones de argentinos creen que esto representa una gestión macroeconómica sensata y que el responsable -quien lanzó además una espectacular ola de gastos y recortes impositivos en un intento desesperado por ser elegido presidente- habría hecho algo diferente si hubiera ganado? Dadas las numerosas veces que Argentina ha chocado con los escollos del caos fiscal y la hiperinflación, la pregunta es inevitable: ¿por qué los argentinos no aprenden nunca? En realidad la pregunta no es una, sino dos: ¿aprenden alguna vez los expertos? Y, ¿llegan los electores a creer alguna vez lo que los expertos piensan que han aprendido? La ciudadanía solo ve un desorden intelectual en que las personas que se supone deben saber son incapaces de ponerse de acuerdo acerca de las lecciones correctas. La idea de que los expertos ayudan a los votantes a entender qué políticas funcionan, y que esto a su vez determina las preferencias políticas, apunta la flecha de la causalidad en la dirección equivocada. No es que millones de argentinos hayan llegado a la conclusión de que la prudencia fiscal y monetaria es contraproducente y por tanto votan por el peronismo. Son peronistas y puesto que el peronismo postula que toda austeridad, del tipo que sea y bajo las circunstancias que sean, es malvada, eso es lo que deben creer. La idea de que las identidades determinan las creencias y las preferencias políticas, y no al revés, alguna vez fue hereje, pero la evidencia a su favor va en aumento. Los politólogos Christopher Achen y Larry Bartels lo han afirmado enfáticamente: “los votantes, incluso los más informados, suelen tomar decisiones sobre la base de quiénes son. Y esas identidades sociales determinan cómo piensan, qué piensan y a qué partido pertenecen”. La pregunta clave, entonces, no es cómo cambiar las creencias, sino cómo modificar las identidades. En esta materia, los cientistas sociales no tienen mayores consejos que dar. Si las identidades cambian a un ritmo glacial, quien se identifica con la derecha puede llegar a creer que los argumentos de la izquierda son correctos, pero votará por un candidato de izquierda solo después de cavilar largamente. Los expertos argentinos desean creer que sus conciudadanos finalmente han aprendido y que por ello 14,5 millones votaron por Milei y sus promesas de reducir drásticamente el déficit y poner fin a la inflación. Yo tengo mis dudas. Es igual de probable que hayan votado por Milei porque era un ‘outsider’. Una vez que se transforme en el ‘establishment’ -y en especial si gobierna en coalición con la derecha tradicional, como probablemente hará- se volverán en su contra. El eterno ciclo de la política en Argentina, con su eterna falta de ‘aprendizaje’, habrá empezado una vez más.