La píldora azul

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La píldora azul

Vivimos el totalitarismo de Orwell, solo que desde la óptica contraria... es ‘The Matrix’: aquella realidad simulada por una inteligencia artificial

Luego de la toma de posesión de Donald Trump, Sean Spicer, nuevo secretario de Prensa de la Casa Blanca, dijo enfáticamente que la multitud que asistió a la ceremonia de cambio de mando del nuevo presidente era “la más grande en toda la historia que había asistido a una inauguración presidencial; punto”. Ni bien Spicer salió con eso, las fotos de la inauguración presidencial de Obama en el 2009 demostraron que aquello no era cierto (allí, sí, punto). Y empezaba así oficialmente la era cuasi-Orwelliana en la que las verdades se teñían con los matices que las conveniencias exigían.

Pero fue tan rabanera y tan falsa la afirmación, que tuvieron que apelar a explicaciones tales como que el nuevo suelo en la zona donde estaba la gente, tenía el efecto de resaltar los lugares donde no había nadie parado. Y se siguió sosteniendo aquella falsedad. Pero la verdad resultaba tan evidente que Kellyanne Conway (asesora del presidente) tuvo que hacer control de daños y trató de reconciliar la hilarante realidad, y en una entrevista en televisión dijo que lo que había hecho Spicer era dar “datos alternativos” sobre el tema.

Ante ello, ventas de la novela de Orwell (escrita en 1948 -dicen que de allí el título: invirtiendo los dos últimos números- publicada en 1949) subieron enormemente; se volvió un ‘bestseller’. En la novela, lo central del Gran Hermano -en 1984- es que obliga a la población a aceptar una verdad única, predicada en libros, carteles, canciones, afiches, etc. Nace la neolengua, que crea y elimina palabras para controlar opresivamente el pensamiento, y se considera enemigo a todo aquel que piense diferente. En el libro, los datos alternativos podían coexistir, pues se podía mantener dos creencias simultáneamente, aceptándolas ambas.

De alguna manera, hoy estamos lejos de 1984 (hasta en el calendario): la verdad se ha vuelto propia, individual, privada e incontestable; y hay tantas realidades como gente en redes sociales. Hoy se puede creer en que la muchedumbre de Trump fue la más grande, o que las vacunas nos vuelven magnéticos, o que el cambio climático es conspiración... o que la tierra es plana. El conocimiento ha sido reemplazado brutalmente por el convencimiento; y la información (que nunca ha sido tanta y tan al alcance de todos) ha sido reemplazada por la superstición.

Vivimos vidas paralelas (muy distintas a las de Plutarco), que alimentan la polarización. Defender la verdad se ha vuelto un trabajo complicado y a veces estéril. En una lucha que suele terminar yermada por una infinidad de verdades individuales.

Vivimos el totalitarismo de Orwell, solo que desde la óptica contraria... es ‘The Matrix’: aquella realidad simulada por una inteligencia artificial que tiene atrapada a la población para utilizar sus cuerpos como fuente de energía... Estamos conformes con la píldora azul (no, no esa), y nadie está eligiendo la roja.

La democracia se fundamenta en el intercambio de ideas. Es vital el fortalecimiento del debate serio y constante, pero hoy, con el foro abierto y la libertad que confieren las redes sociales, es más cómodo optar por la píldora azul.

Lo que no sé bien es dónde queda aquello de que la verdad es incompatible con la democracia, porque donde hay verdad no puede haber libertad de opiniones. “Jajajajaja”, como decimos en redes.