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Claudia Tobar Cordovez | La salvaje chiva quiteña

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Eran buses que subían a sus pasajeros en el techo de un auto en movimiento, con unas barandas que llegaban al tobillo

El fin de semana vimos con mis hijos pasar una chiva, con luces, música y decorada con muchos colores. Ellos, que todavía no se han subido en una, me preguntaban curiosos cómo funciona esta dinámica de una fiesta en un bus. Lo primero que se me vino a la mente fue contarles que esas chivas de hoy en día no tienen nada que ver con el acto suicida que era subirse en una hace 20 años. Hoy las chivas quiteñas tienen techo, paredes laterales, espacio para que adultos bailen y se agarren de tubos para evitar fuertes caídas por el movimiento del vehículo. Y la música de un DJ anima la fiesta. Escribo esta nota entre risas y espanto, recordando cómo nos jugábamos la vida en las antiguas chivas. Eran buses que subían a sus pasajeros en el techo de un auto en movimiento, con unas barandas que llegaban al tobillo. Un grupo de alrededor de 30 personas bailaban paradas. No estaban solas, las acompañaba una banda de pueblo completa, con niños menores de edad incluidos. Además del conductor de la chiva, un asistente alertaba (¡“cabezas”!) si en el recorrido se acercaba una rama, un cable o un paso a desnivel, obstáculos comunes en estos circuitos, que generalmente recorrían el centro histórico de Quito, para así evitar que algún pasajero termine decapitado. También controlaba que terceros se suban a ser parte del festejo o que pasajeros queden en el camino al bajarse a comprar tabacos y alcohol. Mientras bailabas y consumías alcohol (generalmente canelazo o directamente puntas), la chiva recorría la ciudad. Todos estuvimos en alguna chiva en la que agarramos de los pelos al amigo que casi se cae del techo en pleno movimiento, y también tuvimos otro que sí se cayó y como mínimo se rompió un par de huesos. ¿Quién iba sentado abajo, mamá?, preguntaron mis hijos. Allá iban los que ya estaban muy tomados o la parejita que quería privacidad (quizás esa parte omití en mi respuesta).

Mientras me acordaba de esta peculiar tradición quiteña, pensé si realmente ahora los jóvenes viven más peligros que nosotros. Son gratos recuerdos, pero sin duda me cuestiono cómo era legal este tipo de entretenimientos. Su evolución a la chiva moderna es una adaptación más segura para farrear mientras paseas por la ciudad.