Trapos sucios

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Trapos sucios

Hace falta sanear las cosas, alejados de los extremos. Construyamos una democracia donde los trapos sucios se laven en la plaza, pero no los paños íntimos

No hay causa que valga la pena y no demande un sacrificio. Ni el amor ni la ambición son gratuitos. Por eso cada persona entregada a la vida pública o al servicio, sea por amor a la patria o ambición por el dinero ajeno, se priva de parte de su intimidad y se resigna al acecho de las miradas de millones. Aunque parezca un poco cruel, no hay nada más justo que poner bajo el escrutinio público a los que desean controlar la cosa pública, y a sus líos de por medio. Sin embargo, desde los partidos e instituciones que aglutinan a tantos amantes y ambiciosos se vislumbra otra realidad.

En los partidos ecuatorianos es bien raro encontrar una seria discusión ideológica o programática, pero nunca falta una pelea, así sea por las listas o los acuerdos. Aunque debatan asuntos que le incumben por lo menos a todos sus afiliados y militantes, siempre advierten que los trapos sucios se lavan en casa. Y está claro que en su casa ni sus mismos votantes son bienvenidos.

A veces, para hacer como que enmiendan, salen de casa hacia las calles, las canchas cerradas y las centrales esquineras. Vienen con las banderas y los megáfonos, nos dejan aclamarlos, incluso hasta le dejan tomar la palabra a cualquier fulano, pero en corto. Después salen la nota de prensa, el reportaje y la activación de redes, pero ahí solo figuran las palabras de los líderes. Y los anhelos y reclamos de la gente solo quedan para la terapia y el olvido.

En las instituciones del Estado, ya sean de elección o de carrera, la realidad es peor. Incluso macabra. Salir a discrepar o denunciar resulta por lo menos en una guerra, donde vuelan audios y chats y el sistema de injusticia se blande como espada para amenazar y perseguir. De repente, los trapos sucios ya no se lavan en casa y hasta los paños íntimos aparecen colgando por ahí. De esa manera, lo que debería ser el sano escrutinio público se transforma en el morbo y la injuria, montando un espectáculo grotesco al que atendemos todos con un goce perverso.

Hace falta sanear las cosas, alejados de los extremos. Construyamos una democracia donde los trapos sucios se laven en la plaza, pero no los paños íntimos.