Un Ecuador vacío

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Un Ecuador vacío

Hemos dejado cómodos a los políticos locales, libres de cualquier compromiso ideológico serio y lejos de las responsabilidades que un país diverso y moderno les debe exigir. Desatendidas así sus partes, el Ecuador queda como vacío

Los días vienen y van y nos vamos acercando a febrero, ese tiempo electoral que realmente nunca se va, solo se retira a su armario a buscar las camisetas y los zapatos para los recorridos de campaña. Y mientras el tiempo sigue su marcha, despertando a caudillos y recogiendo a sabidos e incautos, observamos cómo nuestros pueblos y ciudades se transforman al son del rugido de las máquinas.

Ya podemos ver cómo, de repente, las pavimentadoras y las compactadoras vuelven a dar su estrepitoso recorrido por las calles y las avenidas, mientras que las pancartas llenan nuevamente de color los puentes y las veredas. Parece que por un rato volvemos a despertar de nuestro sueño de circo romano y recordamos que los ediles y los magistrados locales no solo están para organizar las fiestas patronales. A ver si aprovechamos estos breves momentos de lucidez para repensar el rol de los gobiernos locales en nuestra República.

Hoy por hoy, los mentados gobiernos autónomos descentralizados no son ni muy autónomos ni descentralizados, a duras penas parecen gobierno, con honrosas excepciones, aunque de la honra es fácil dudar en el Ecuador. Mientras que en otros países los gobiernos locales asumen sin miedo el temido gasto corriente, encargándose de amplios sectores como la salud o la educación, acá se ven reducidos a patalear por asignaciones y ostentar el asfalto. Mucho de esto se lo debemos imputar al centralismo, pero la culpa no se queda en la capital.

Por todo el país hay gobiernos locales que se han mostrado desinteresados por buscar competencias reales, no simplemente rentas, e incluso hasta incapaces de cumplir con sus roles más fundamentales. Ciudades enteras carecen de un buen servicio de agua potable y en los campos nadie sabe de los prefectos. Pero esta impavidez no es el peor de los problemas. Las muertes y los escándalos nos recuerdan que los GAD están tan narcotizados como el Estado central, o quizá peor.

Hemos dejado cómodos a los políticos locales, libres de cualquier compromiso ideológico serio y lejos de las responsabilidades que un país diverso y moderno les debe exigir. Desatendidas así sus partes, el Ecuador queda como vacío.