Sebastián

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Sebastián

Dicen que lo que no se nombra no existe. Y pocas cosas han estado tan presentes en mi mente como tu nombre, Sebastián.

La noticia de ese domingo negro en el que un niño de 11 años murió a balazos mientras escogía el sabor de un helado se instaló en todos como una semilla de rabia y de miedo.

Pero me rehúso a que pases como una cifra, como una víctima más de esta violencia incontrolable, alguien que estaba en el momento y en el lugar equivocados. Tenías un nombre y una vida llena de sueños: querías ser creador de videojuegos.

Pienso en tu padre, en tu madre, en tu hermanita. En tu cara que aún sonríe en las fotos. Mi hijo Nabil tiene casi tu edad y me aterra la certeza de que ese vacío es imposible de llenar en tu familia. Tu ausencia es desgarradora hasta para quienes no llegamos a conocerte.

Durante mucho tiempo nos creímos el cuento de que se mataban solo entre criminales. De que los muertos por el microtráfico o dentro de las cárceles tienen su final merecido. Es muy fácil utilizar ciertas palabras para manipular las percepciones de la gente.

Pero ya no son “los maleantes”, “los extranjeros”, ya no es “la herencia del pasado” ni un “intento de desestabilización”.

Todos esos discursos indolentes se caen cuando le arrebatan la vida a un niño como tú, Sebastián, sin que exista una reparación posible. Nada va a compensar tu ausencia y, sin duda, merecías más que un titular de periódico o un ‘hashtag’ de Twitter.

Ni siquiera hay un responsable real de esta tragedia, porque es el Estado el que te falló. Las víctimas colaterales como tú, Sebastián, nos obligan a valorar la libertad, la seguridad y a la familia. Nos hacen ver la cara más dura de la realidad: puede pasarme a mí o a los míos.

¿Por qué ninguna autoridad es capaz de responder por estas muertes? No se ve un camino claro para devolvernos la calma que nos corresponde por derecho. La factura de esta mala gestión no la deben pagar los inocentes.