También las matamos
Justicia que tarda no es justicia. Y la indiferencia mata.
Abrí mi Instagram y me encontré con mensajes que tenían su foto. Su cara llena de sangre y la denuncia de que había sido atacada por su pareja. Cuando logré conversar con Janis, estaba aterrada. Sus ojos verdes se hacían más grandes mientras hablábamos y lucía confundida. Respiraba tanto miedo que nos pidió que la fuéramos a buscar a su casa porque siente que su agresor la sigue todo el día.
Tiene solo 23 años y ha logrado salir de una relación violenta que duró dos. Después de la muerte de su padre, Jonathan apareció en su vida como un salvador: “el que te cuida”, “el que no te dejará sola”. Esa protección se convirtió rápidamente en una posesión enfermiza.
“Yo sentía que era mi culpa. Un día me pegó y mi mamá le dijo: ¿hasta cuándo? ¡Me vas a entregar a mi hija en un funeral!”, contó. No pude evitar preguntarle por qué no se intervino antes, y su respuesta fue contundente: “nosotras nos aislamos y terminamos alejando a la gente que nos ama”.
Janis teme por su vida. “Me mandaba mensajes, me dijo que el karma tiene su nombre, que jamás seré feliz y que me encontrará donde quiera que esté”. Y así fue. Janis comía con sus amigas y cuando se paró para ir al baño apareció Jonathan Moreira. La ahorcó y le cortó las manos con una copa. Vi las cicatrices.
Pero la huella más lacerante es la indiferencia. “Nadie hizo nada, todos miraban”, contó. Y aunque puso la denuncia, como aún no lo notifican, no quiere salir de su propia casa.
De este episodio, que debe parecerse a miles que ocurren a diario, ya ha pasado casi una semana. Un agresor anda suelto, y el sistema judicial, nuevamente, le está fallando a las mujeres con sus demoras. Para colmo, aún persiste la idea de que la violencia de género es un problema doméstico, íntimo, que avergüenza, y que las víctimas son las que deben “reaccionar”, “alzar la voz”, “no dejarse”. ¿Y nosotros? ¿A cuántos cientos de mujeres les hemos fallado?
Justicia que tarda no es justicia. Y la indiferencia mata.