Hambre y olvido

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Hambre y olvido

La educación y una buena alimentación durante los primeros mil días de vida son un derecho que el Estado debe garantizar con menos palabras, con más gestión y ejecución

Puede resultar muy lejano, pero la realidad es que somos el segundo país de Latinoamérica con el índice más alto de desnutrición crónica infantil. Tal vez ni sabemos exactamente qué significa esto, pero solo leerlo debería bastar para escandalizarnos.

¿Cómo es posible que siendo un país tan rico, fértil y biodiverso haya tanta desigualdad? Y lo peor es que esa desigualdad, que lleva a una indiferencia total de las autoridades y de toda la sociedad, mata.

Comunidades olvidadas, sin acceso a nada, sin educación ni salud de calidad. Y no sucede solo en el campo. Apenas a una hora y media de Guayaquil, en Santa Elena, tenemos una de las parroquias más pobres del país, con niños y adultos tan olvidados que ya ni siquiera creen que algún día recibirán el apoyo.

¿Sabía usted que existe una secretaría técnica llamada Ecuador Crece Sin Desnutrición Infantil? ¿Qué están haciendo? ¿Tienen mapeados a las familias, comunidades y sectores en donde se concentra la desnutrición infantil crónica?

En varios reportajes, la periodista Dayanna Monroy entrevistó a gente que ni siquiera sabía que la secretaría existía. ¿Cómo se puede resolver esta desconexión? ¿Sabe el Ministerio de Educación en qué consiste el desayuno escolar? ¿Están alimentando correctamente a los niños y educando a los padres de familia? ¿Hay brigadas del Ministerio de Salud trabajando en prevención en el embarazo? ¿O la promesa solo queda en un bono?

La lista de preguntas es larga, porque parece que no se ha comprendido que sin educación y sin acceso a la información difícilmente se llegará hasta la médula de los graves problemas del país.

Sanar el hambre de los niños olvidados tomará años, y el Gobierno no está en capacidad de solucionar esto solo. Es momento de que todos -la empresa privada, la sociedad, las fundaciones- nos interesemos y exijamos acción. No hacerlo nos convierte en cómplices de un sistema fallido, que hoy tiene las prioridades invertidas.

La educación y una buena alimentación durante los primeros mil días de vida son un derecho que el Estado debe garantizar con menos palabras, con más gestión y ejecución. ¡Despierten!