Bernardo Tobar Carrión | El ingenio del sapo
Quien renuncia a libertades esenciales a cambio de seguridad temporal, no merece ni libertades ni seguridad
El poder se inmiscuye en asuntos inconcebibles hace un siglo, y ya resultaban estrafalarios entonces. En educación, ejemplo muy ilustrativo, la autoridad dicta cómo evaluar, cómo y qué enseñar, hasta el enfoque y el marco de pensamiento, la nefanda ideología de género. La autonomía familiar ha sido reemplazada por el arbitrio de funcionarios, como si estuvieran, ¡menudo absurdo!, en mejor posición que la academia, el cuerpo docente y los padres de familia para decidir sobre estas materias. Esta es la lógica de los diseñadores de los colectivismos, desde el edulcorado estado de bienestar hasta las fórmulas más opresivas del socialismo. Con ‘arrogantia potestatis’, síndrome de la jerarquía oficial, han persuadido a las masas de que sin su rectoría la sociedad se perdería a sí misma. Lo escribió Hobbes y antes, Platón, uno de los primeros totalitarios. Ni en esto fue Marx original.
Lo propio sucede con todas las demás libertades, sean de empresa, de trabajo, de propiedad. Hasta expresarse sin tapujos y llamar a cada cosa por su nombre ha pasado a ser delito, porque el Estado también se ha inmiscuido en el negocio del odio y del amor, se ha erigido en guardián de valores, que ya no anidan en la cultura propia de una sociedad, sino en las ideologías al mando. En esto Europa es insuperable: con Franco era una provocación punible llevar minifalda; hoy, si gobierna un buenista, la cárcel le espera lo mismo al que gasta un piropo galante, al que ingenia una chanza subida de color, que al que pide a Mohamed que no invada la vía pública con sus rituales islámicos. ¡Y le llaman progresismo!
El poder sobre los demás, enorme tentación, se ejerce al límite y más allá, haciendo necesarias reformas que legalizan las nuevas fronteras de intervención y así, sucesivamente, en un círculo vicioso y expansivo. Salvo alguna anomalía centenaria, nadie, sea de izquierdas o derechas, ha usado el poder para limitarlo y emancipar al esclavo posmoderno, iluso pagador de impuestos. A esta servidumbre se ha llegado paso a paso, la tibia seguridad que ofrece el verdugo aconseja ceder y callar; piensan con tanto ingenio como el sapo en olla, hasta que el imperceptible aumento de temperatura, de grado en grado, somete al animal antes de que se percate del calor mortal. Ya lo dijo B. Franklin, quien renuncia a libertades esenciales a cambio de seguridad temporal, no merece ni libertades ni seguridad.