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Carlos Andrés Vera | Seiscientos mil

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Gran parte de este ejército ciudadano ya está actuando: en algunos casos como quijotes solitarios

En el chat de los cuatro panas donde siempre hablamos de política está el amigo pesimista. Hablando sobre el país, comentó el otro día que “la putrefacción es absoluta”. Le pregunté: “¿Cuál es la salida?”. Con su clásico humor negro respondió que las salidas son: Tababela, un dictador que de verdad reste poder a élites vagas y rentistas, o una gran pira en el centro del Ecuador en la que ardamos todos. Puede que tenga razón. Sea por ingenuidad o estupidez, yo procuro ser un poco más esperanzado, entendiendo la esperanza no como mero optimismo, sino como incidencia en el futuro a través de la acción movilizadora.

Respondiendo a mi propia pregunta, creo que parte de ‘la salida’ se relaciona con el poder movilizador de la sociedad civil, que en este país está descoordinada, dormida, asustada e inmovilizada. Nuestra historia reciente demuestra que nunca se ha necesitado una mayoría para llevarnos al abismo. A través de paralizaciones forzadas, violentas y cercanas a intereses criminales, una minoría organizada ha estado cerca -en 2019, 2022 y 2025- de empujarnos al precipicio. Si contáramos a los pirómanos sociales que anhelan ver arder al Ecuador, no llegarían a 100.000. ¿Dónde está su contraparte? ¿Dónde está la sociedad civil que pretende levantar al país? ¿Qué pasaría si un 5 % del Ecuador actuara de manera consciente y sostenida para enfrentar temas vitales como el crimen organizado, la identidad, la violencia, la economía o la educación?

Muchísima gente, con distinto alcance y escala, ya lo hace. Lo que falta es crear la red. Necesitamos una organización civil masiva que repare nuestra alicaída y deprimida cultura ciudadana e influya en un sentido amplio: territorial, político -desde la exigencia de rendición de cuentas y la definición de rumbos- estético, social y de opinión pública.

Gran parte de este ejército ciudadano ya está actuando: en algunos casos como quijotes solitarios; en otros, a través de estructuras de pensamiento y acción social financiadas desde el sector privado. Hay otros cientos de miles que quieren ser parte de algo, pero no saben cómo. El desafío es contar con una ruta compartida y una brújula que conecte esfuerzos dispersos.

El camino no lo deben marcar los políticos sino una ciudadanía consciente y movilizadora. Esa es la salida. No necesitamos a 18 millones de ciudadanos. Necesitamos seiscientos mil.