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Carlos Andrés Vera | Manifiesto por el arte

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Cuando a los seres humanos no nos alcanza el lenguaje para expresar nuestros sismas internos, acudimos al arte

El ídolo mundial Bad Bunny encarna la frivolidad total de estos tiempos: el cantante que no canta, la música que no es música, el arte que no es arte. Ya sé, me acusarán de falsa superioridad, de falso intelectual. Dirán que no todo lo que me gusta a mí tiene que gustarle a los demás, pero ese no es mi punto. Esta no es una columna sobre gustos. Es tan solo un pequeño acto de rebeldía, pues me resisto al loop eterno del “eh eh eh” y ensayo, no una verdad absoluta, sino un manifiesto personal por el arte.

El arte demanda una conexión con lo divino. Cuando a los seres humanos no nos alcanza el lenguaje para expresar nuestros sismas internos, acudimos al arte. A través del proceso de creación artística, lo inexpresable adquiere una forma. Ese proceso, que puede ser luminoso o tormentoso, provoca una especie de trance en el que el artista -¿cómo decirlo?- eleva su conciencia, trasciende los pensamientos y las palabras, conecta con lo divino y plasma esa experiencia en literatura, música, poesía, fotografía. También en danza, teatro, arquitectura, cine.

Por ese fenómeno hay sabiduría cifrada en el arte. No es una afirmación retórica. Cuando estamos ante una obra de arte recibimos información a través de una especie de conexión cósmica. Quien consume arte abre una puerta a la sabiduría. He hallado tesoros que nunca me abandonarán, por ejemplo, en La montaña mágica de Thomas Mann, en El Decálogo de Kieslowski, en el Claro de luna de Beethoven. Por eso hay música que nos estremece y no sabemos por qué. Por eso nunca olvidamos lo que un libro nos provocó. Por eso hay películas que nos hacen reflexionar por años.

El artista debe tener oficio. Debe dominar varias técnicas para que su creación sea el reflejo de esa conexión divina. El oficio puede adquirirse de forma intuitiva o formal, pero sin él una obra de arte no puede existir. Por eso esta columna no es literatura, ni los videos en nuestro celular son cine, ni poner un ladrillo encima de otro es arquitectura. Se requieren conexión divina y oficio.

Willie Colón cantaba: “yo quiero esconderme, nena, bajo de tu saya para huir del mundo”. Bad Bunny balbucea: “Si tu novio no te mama el c_lo / pa’ eso que no mame”. Por respeto a quienes, por siglos y a través de su oficio, han tocado nuestras fibras más sensibles, llamemos a las cosas por su nombre. Una cosa es ser viral, otra cosa es ser artista.