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Carlos Andrés Vera | El voto dirimente

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Antes de que ambos bandos choquen y la empresa colapse, el presidente debe tomar una decisión

En la reunión del directorio de la empresa llamada Gobierno del Ecuador hay tensión. No es una sesión normal. No se discuten balances ni proyecciones, sino algo elemental: quién manda realmente en la compañía y hacia dónde se la conduce. Alrededor de la mesa están sentados todos los directivos. Algunos con nombres, otros sin rostro, pero todos con poder.

De un lado están quienes le han dado buenos resultados a la empresa. Han empujado decisiones contra el crimen organizado, recapturando a los cabecillas más peligrosos del narco y construyendo la cárcel del Encuentro, donde los criminales más violentos del país hoy están -por fin- incomunicados. Han vuelto más operativa la cooperación con Estados Unidos, han golpeado con fuerza a la minería ilegal y buscan limpiar focos de corrupción como la ANT y el Arcom. Todos los días capturan delincuentes de todo tipo: narcotraficantes, sicarios; incautan armas y toneladas de droga. Hay funcionarios que se han jugado el pellejo. También hay un equipo económico competente, que ha manejado bien las finanzas de la empresa. Ese bloque existe. Está sentado a la mesa.

Frente a ellos hay otros directivos. Más silenciosos, menos identificables; algunos incluso sin nombramiento en el directorio, pero igualmente influyentes. Persisten en controlar la justicia protegiendo a un operador expuesto como funcional a la mafia, que presionó a un juez para fallar a favor de un narcotraficante. Ubican funcionarios en el aparato público para corresponder favores políticos o, abiertamente, para robar. Impiden que se sanee el sistema de salud. Cambian de partido según les convenga. Operan para silenciar voces críticas, como la de este diario. Encubren escándalos de corrupción, se enfocan en los relatos y les importa un bledo la calidad de la gestión. Ese bloque también existe. Está sentado en la mesa.

Ambos bandos han coexistido en este directorio, actuando a veces como si el otro no existiera. La convivencia pronto será inviable. Algún lado debe tomar el control de la empresa y definir un rumbo, pues no existe consenso posible entre las agendas de un bando y del otro. El presidente del directorio lo sabe: su pragmatismo y su sentido estratégico le permiten reconocer claramente el escenario. Antes de que ambos bandos choquen y la empresa colapse, el presidente debe tomar una decisión. Su voto es el dirimente.