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Carlos Alberto Reyes Salvador | Blindarse

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Si la economía norteamericana se enfría, Ecuador puede recibir menos remesas, vender menos productos no petroleros

La guerra vuelve a recordarle al mundo una verdad incómoda. La geopolítica no se queda en los mapas ni en los discursos. Termina afectando a todos a través de la inflación, el crédito y el empleo. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ya ha provocado una fuerte volatilidad en los mercados energéticos. El petróleo Brent llegó a superar los 112 dólares por barril, luego de oscilaciones extremas ante el riesgo de que una interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz podría retirar del mercado entre 13 y 14 millones de barriles diarios; un shock de magnitud sistémica.

Ese encarecimiento del petróleo no es un problema sectorial. Es un impuesto global no legislado. Cuando sube el crudo, suben el transporte, la electricidad, los fertilizantes, los costos logísticos y la inflación. Un petróleo que bordee los 150 dólares podría precipitar una recesión global. Las previsiones actuales contemplan escenarios de un Brent en 110 dólares, pero los riesgos alcistas son todavía mayores si persisten las interrupciones.

Este shock energético llega cuando la economía norteamericana empieza a mostrar fatiga, con una desaceleración en servicios, aumento de precios y contracción del empleo privado. Está combinación podría traducirse en una estanflación, crecimiento negativo más inflación. Si la Reserva Federal enfrenta ese dilema, el resto del mundo enfrenta uno todavía peor, porque una desaceleración de Estados Unidos tiende a enfriar el comercio, endurecer las condiciones financieras y reducir la demanda externa de decenas de economías.

Para la economía mundial, el canal de contagio es claro. Menor consumo en Estados Unidos implica menos importaciones, menor actividad industrial en socios comerciales, menor inversión y mayor aversión al riesgo. A ello se suma un petróleo caro que drena ingreso disponible de hogares y empresas. El resultado es un crecimiento global más débil que el ya modesto escenario que el FMI había previsto para 2026, alrededor de 3,1 por ciento.

Ecuador no está exento, mucho menos blindado, frente esta recesión sistémica. Mas allá del impacto en la balanza petrolera, positivo y negativo -como viéramos en el artículo anterior-, Ecuador no vive solo del petróleo. En el cuarto trimestre de 2025 las exportaciones no petroleras marcaron un récord histórico, y Estados Unidos fue el principal destino del superávit comercial no petrolero. Además, las remesas alcanzaron niveles récord y se consolidaron como una de las principales fuentes de divisas del país. Si la economía norteamericana se enfría, Ecuador puede recibir menos remesas, vender menos productos no petroleros y enfrentar un entorno financiero más duro.

Ahí está la paradoja. Un barril más caro puede dar oxígeno de corto plazo al fisco, pero una desaceleración de Estados Unidos puede recortar exportaciones, consumo, empleo y flujo de divisas. En una economía dolarizada, donde no existe el alivio artificial de una devaluación, esos choques impactan de forma más directa.

El país no debe leer un repunte del crudo como una bendición estructural. Sería un alivio transitorio en medio de un escenario global más frágil. Debemos fortalecer la competitividad, ampliar mercados, consolidar las cuentas fiscales y blindar al sector exportador no petrolero.