“¿Rehabilitación?”

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“¿Rehabilitación?”

Este problema tan grave merece un debate nacional entre quienes conocen a fondo el tema, para encontrar soluciones coherentes...

Las masacres suscitadas en las cárceles y penitenciarías de nuestro país la semana pasada no deben servir solamente para escuchar discursos y peroratas.

Debe entenderse que se trata de un problema social muy grave que afecta a la colectividad ecuatoriana. Es un asunto de política de estado.

No existe en nuestro país una verdadera política que busque las tres “re” de las que habla el derecho penitenciario: la rehabilitación, la reeducación y la reinserción a la sociedad para quienes cometieron un delito.

Aquí en nuestro país , sarcástica y pomposamente se llaman centros de rehabilitación social a las cárceles y penitenciarías, las cuales a nadie rehabilitan y son, al contrario, escuelas para enseñar a quienes ingresan a ellas cómo ser mejor delincuente. Paradoja, pero verdad lacerante y más grave en los actuales momentos en los que son privados de la libertad elementos integrantes de bandas delincuenciales vinculadas con el narcotráfico que han sentado sus reales en el Ecuador, al igual que lo han hecho, en otros países como Méjico y Colombia. No es cuestión de construir cárceles arquitectónicamente elegantes, a costos muy altos como consecuencia de la corrupción galopante, sino en dar a las personas privadas de la libertad-PPL (a los presos) trabajo dentro de las cárceles, para lo cual deben haber talleres, campos agrícolas adyacentes a los recintos carcelarios para que las PPL trabajen, y lo que produzcan pueda venderse en el mercado, como lo hizo el Patronato de Cárceles y Penitenciarías de Guayaquil cuando empezó a funcionar la Penitenciaría en la vía a Daule.

Este problema tan grave merece un debate nacional entre quienes conocen a fondo el tema, para encontrar soluciones coherentes, que sí las hay, y así poder aplicar el pensamiento de un tratadista en derecho penal, quien, al referirse a las cárceles, dijo: “Aquí entra el hombre, afuera queda el delito”, para significar de esta manera que el delincuente entra a la cárcel para “rehabilitarse, reeducarse y luego reinsertarse como elemento útil a la sociedad”.