Sociedades sin gobierno

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Sociedades sin gobierno

La autoridad política ha sido por regla general, sin importar su signo ideológico, refractaria a todo cambio que suponga la emancipación del individuo de su tutoría y control’.

El Estado y sus instituciones no han sido a lo largo de la historia agentes de transformaciones positivas; al contrario, han reaccionado, usualmente tarde y con reservas, a la presión de las ideas y dinámicas que la sociedad y sus élites intelectuales activaron en su flujo espontáneo y diverso. Las tesis de la Ilustración, los derechos humanos básicos de los que habló Locke a fines del siglo XVII, la misma libertad esencial del hombre que fue aporte católico desde sus primeros tiempos, no se convirtieron en textos constitucionales sino a partir de la independencia de los Estados Unidos y la Revolución francesa, y de manera parcial. Tendría que llegar el siglo XX para que la igualdad de derechos de la mujer, por la que abogó John Stuart Mill en 1865, o la abolición de la esclavitud fueran generalmente decretadas, solo para comprobar, en los albores del siglo XXI, un marcado retroceso de las libertades y un retorno a los colectivismos totalitarios de la mano de esos gobiernos a los que ingenuamente se ha confiado la responsabilidad por el bienestar social al precio de la servidumbre.

No exageraba Nietzche cuando afirmaba que “los grandes períodos de la civilización son períodos de decadencia política: lo que ha sido grande como civilización, ha sido apolítico, incluso anti-político”. La autoridad política ha sido por regla general, sin importar su signo ideológico, refractaria a todo cambio que suponga la emancipación del individuo de su tutoría y control, pues a mayor libertad personal, menor la influencia del poder sobre la sociedad. ¿Qué sentido tendría el juego político si su botín quedase mutilado en proporción inversa a los espacios de libertad conquistados por el hombre? El poder, en suma, pierde sustancia y razón de ser en la medida en que los individuos comprueban, cuando tienen auténtica libertad, que son capaces de organizarse y procurarse el bienestar propio y común de forma más eficiente que cuando queda en manos de burócratas.

Para evitar que la sociedad adquiera conciencia sobre su estado de servidumbre, el estado-nación ha creado ritos, banderas, luces e imágenes ficticias, como en la alegoría de la caverna de Platón, hábilmente proyectadas por los titiriteros del teatro de la política. Algún momento habrá que salir de la caverna y descubrir la realidad. Será el momento en que, como dijo Borges, merezcamos no tener gobiernos.