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Bernardo Tobar Carrión | Espejismo

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Poco ha servido el derecho internacional para algo más que financiar, con dinero de los contribuyentes, dietas de burocracia

En 1920, después de la I Guerra Mundial, se formó la Liga de Naciones para prevenir guerras futuras mediante la seguridad colectiva y la diplomacia. Pero el instrumento no disponía de mecanismos para forzar el cumplimiento de sus normas sobre los infractores -coercibilidad-, así que sobrevino la II Guerra Mundial. Intentando resolver el vacío, la Carta de las Naciones Unidas incluyó un capítulo sobre el uso de la fuerza, inútil sin la voluntad y el contingente armado de las potencias militares, que por esa misma predominancia ostentan un asiento y el veto consiguiente en el Consejo de Seguridad Nacional y suelen estar involucradas directamente o tras bastidores en los conflictos. El gato gordo de despensero. Esta vez el fracaso resultó del mismo diseño y el “nunca más”, ‘raison d’être’ de la ONU, se convirtió en otra vez. Y otra; y muchas más.

Poco ha servido el derecho internacional para algo más que financiar, con dinero de los contribuyentes, las dietas de una burocracia supranacional que, como todo colectivo parasitario, terminó alineada con los autócratas de izquierda, a los que ofreció un foro donde prodigarse cómplices palmaditas en la espalda, retórica de ocasión y blanqueo de fechorías, difuminadas por el humo y espejos de la parafernalia protocolar.

Mientras Maduro consumaba a punta de bayoneta un escandaloso fraude electoral en 2024, otro más, y redoblaba la sangrienta represión popular, la ONU despachaba propaganda sobre el cambio climático.

Añádase a esta futilidad inherente del sistema, concebido para lidiar con actores convencionales -estados soberanos-, el surgimiento de conflictos con estructuras paraestatales, carteles de la droga y organizaciones terroristas cuya única ley es el calibre de sus armas y el número de dígitos de sus cuentas ilícitas. Este nuevo enemigo se enquista en las instituciones políticas y las instrumenta para perpetuar su modelo criminal, como lo prueba el caso venezolano, que no es el único.

A muchos les parecerá que el mundo ha vuelto a los tiempos en que la nación más fuerte imponía su ley, pero así ha sido siempre y lo seguirá siendo, solo que el espejismo del derecho internacional encubría la realidad. Despejado este falso escrúpulo, quienes privilegiamos la libertad de las personas y los demás derechos humanos sobre cualquier otra consideración, no podemos dejar de celebrar la intervención de Washington en Caracas.