Cartas de lectores | ¿Noborrea o Correoboa?
¿Estamos ante simples parecidos o frente a la confirmación de que los extremos, cuando se tocan, se abrazan?
La primera vez que escuché a un profesor de Sociología decir que “los extremos se parecen” me chocó. No era una frase ingeniosa: era un axioma incómodo.
Basta observar a cualquier dictador -o aprendiz aplicado-, de derecha o de izquierda, para comprobar que las tácticas se repiten con precisión casi académica. Lo único que cambia es el delirio que los impulsa: todos se asumen mesías predestinados a rescatar a la patria de un enemigo real o convenientemente inventado.
En nuestro país asistimos a una versión local de esa vieja obra. No sé si estamos ante maestro y discípulo o frente a una copia mejorada -para lo malo-. Pero el libreto es reconocible.
Primero, la intolerancia visceral a la crítica. Luego, la voracidad por concentrar poder en todas las instancias posibles. Sigue el descrédito sistemático del adversario, la victimización estratégica, el blindaje del círculo íntimo de aplaudidores. Se suma la ausencia total de modestia, el miedo a que ciertas verdades salgan a la luz, el desprecio apenas disimulado por la libertad de pensamiento y de expresión.
El manual continúa: cobertura política, legal y mediática para los allegados; uso del Estado como instrumento de intimidación contra opositores; diseño de métodos cada vez más sofisticados de presión y castigo; convicción inquebrantable de ser dueños exclusivos de la verdad; reparto de cargos no por mérito sino por lealtad; y, por supuesto, un etcétera generoso que suele incluir el uso creativo de fondos públicos.
Nada nuevo bajo el sol. La historia latinoamericana ofrece abundantes ejemplos. Basta recordar a Juan Domingo Perón y su célebre máxima: “Al amigo, todo. Al enemigo, ni justicia”. Una frase que no envejece, solo cambia de acento.
¿Estamos ante simples parecidos o frente a la confirmación de que los extremos, cuando se tocan, se abrazan?
Luis Rodríguez