Arturo Moscoso: Venezuela, lo que alivia y lo que inquieta
Me alegra que un sátrapa haya caído, pero me inquieta que siga ahí el sistema que lo sostuvo
Me alegra ver a Nicolás Maduro preso. Lo digo sin rodeos. No era un gobernante discutible ni un adversario político incómodo, sino un dictador responsable de persecución, cárcel, exilio, muerte y una tragedia humanitaria sin precedentes.
Pero me preocupa que no lo esté el resto de la cúpula chavista. Porque los sistemas no caen cuando cae una figura. Se reacomodan. Y una Venezuela con esa élite intacta, adaptándose al nuevo escenario, no es todavía una Venezuela en transición democrática. Por ahora lo que hay es solo un cambio en la correlación de fuerzas. El riesgo es evidente. Sin una depuración real de ese aparataje, la dictadura puede sobrevivir al personaje.
Y ahí nace otra inquietud, una que va más allá de nombres propios, porque no sólo importa quién se fue, sino cómo se fue. A pesar de su existencia, nos hemos acostumbrado a que la guerra fuera algo excepcional. Que no fuera un instrumento normal de la política. Que derrocar gobiernos o “administrar” países ajenos pasara, al menos formalmente, de ser un derecho del fuerte a convertirse en algo que había que justificar.
Por supuesto que nada de eso acabó con la violencia. Pero sí levantó un dique. Imperfecto, agrietado, muchas veces burlado, pero un dique al fin, que hacía que el uso de la fuerza tuviera costos y produjera incomodidad.
Por eso intranquiliza el modo en que se han dado las cosas. Sin un marco claro, sin límites definidos, casi como si las reglas estorbaran. Y sin embargo, es bueno recordarlo, las reglas no existen para que el mundo sea bueno. Existen para que no todo sea posible. Para que no todos los medios sean aceptables.
Y que se violen esas reglas no las vuelve inútiles. La pregunta es cómo sería el mundo sin ellas. Un mundo donde la fuerza ya no necesita fingir razones y donde los países pequeños descubren que son simplemente administrables.
Para mí, lo más honesto hoy es aceptar esta mezcla incómoda.
Me alegra que un sátrapa haya caído, pero me inquieta que siga ahí el sistema que lo sostuvo.
Y me preocupa más todavía el futuro del derecho internacional y, por supuesto, el de Venezuela.