Andrés Isch | Una tregua
Hay que encontrar mecanismos para que los ecuatorianos sientan el privilegio que es vivir en paz
José Antonio Kast acaba de ganar las elecciones en Chile. Él, que defiende con orgullo postulados de la derecha, recibió una cordial llamada de felicitación de su contrincante, Jeannette Jara, convencida comunista. “La democracia habló fuerte y claro”, reconoció ella; “Un gobierno de unidad nacional en los temas prioritarios”, prometió él. Mientras tanto, el presidente Boric ponía un freno tanto a los aguardientosos insultos de Petro como a un grupito de manifestantes violentos que no aceptaban la derrota. Nada de generar dudas sobre el proceso, de desvariar con tinta mágica o complotar para el fracaso del nuevo plan de gobierno.
Así es como funcionan los políticos cuando prefieren ser estadistas y no mesías. Así funciona la democracia cuando hay en la agenda algo más que intereses personales o búsqueda de impunidad. Sin egoísmos, defendiendo visiones, pero sin comprometer el futuro de los ciudadanos. Da una enorme envidia atestiguar cómo la solidez institucional se alcanza desde la madurez social y, sobre todo, el respeto al individuo por encima de la ideología. Chile seguirá creciendo porque ha escogido proteger las políticas que funcionan y excluirlas de las posiciones partidistas que, aunque legítimas, nunca deben ignorar la realidad.
Me atrevo a sostener que la única diferencia entre ellos y nosotros es que allá habría una sanción moral (y electoral) a quienes amenacen los valores de civilidad. Le iría muy mal a un candidato que busque incendiar al pueblo chileno para gobernar desde las cenizas. No se premiaría a los fanáticos que conspiran para derrocar mandatarios, sino que los sentenciaría al ostracismo.
Por eso debemos ser incansables en buscar una tregua para este país. Por más agobiante que luzca el presente, hay que encontrar mecanismos para que los ecuatorianos sientan el privilegio que es vivir en paz, lejos de la violencia permanente a la que nos someten los que quieren enfrentar a hermanos con diferentes realidades económicas o culturales. Esa tregua, que puede comenzar entre familias y vecinos, tiene que convertirse en un bien social que purgue el sistema y termine con el negocio del odio. De una vez y para siempre.