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Andrés Isch | El faro del fin del mundo

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Cuánto bien nos haría soltar los complejos y convertir a empresarios honestos en nuestros referentes

Julio Verne se inspiró en el Faro de San Juan de Salvamento, en la Patagonia, para crear su novela El faro del fin del mundo. En ella narra la heroica tarea de tres operadores del faro, que con mucho valor guían a los barcos para mantenerlos a salvo de arrecifes y despiadados piratas.

El del farero es un esfuerzo en solitario, en las zonas más inhóspitas del planeta, sostenido por su convicción y ética de trabajo. La corrupción y el narcotráfico también han convertido al Ecuador en un lugar inhóspito, con piratas que atemorizan a los ciudadanos, intentando imponer su ley y reemplazar al Estado.

Afortunadamente, hay esfuerzos para alumbrar un trayecto que nos aleje de sus ataques mientras amaina la tempestad. Entre ellos, los que realizan empresarios que siguen apostado por el país aun en contra de sus intereses inmediatos, que arriesgan dinero y reputación porque los mueve el sueño de un mejor futuro para todos. Aunque irresponsables discursos políticos intenten caricaturizarlos, los empresarios son personas con iguales angustias y sensibilidades que cualquier otra, incansables en su búsqueda de soluciones que se proyecten no solo en su beneficio sino también de terceros.

Muchos de ellos, sobre todo a varios de a los que con más ligereza se los culpa de los males nacionales, hace rato podrían haber tirado la toalla y estar disfrutando en otro lugar, en paz, del fruto de su actividad. Pero no lo han hecho, sino que siguen y siguen dando pelea, algunos persiguiendo la excelencia para sobrepasar la infinidad de obstáculos que ponemos en el camino del crecimiento; otros, sumando una vocación por proyectos sociales que transforman vidas de cientos de miles de personas. Y la mayoría lo hace igual que los fareros, desde el anonimato y la incomprensión.

Cuánto bien nos haría soltar los complejos y convertir a empresarios honestos en nuestros referentes. Emular el éxito y no envidiarlo. Multiplicar la riqueza bien habida en lugar de exprimirla. Nos guste o no, los ecuatorianos tenemos que navegar por estas turbulentas aguas; dejemos que nos guíen quienes han sabido crear y construir oportunidades.