Después de la tempestad
En ese contexto resulta comprensible la incertidumbre de la mayoría de compatriotas, tras cierta calamitosa indiferencia del Ejecutivo para atisbar las necesidades internas...
Tras 18 días de incertidumbre, las fuerzas indígenas y las del orden constituido, con la acertada mediación de la Iglesia católica, llegaron a acuerdos. Pero no significa que el conflicto ha concluido. Ha empezado a transcurrir el plazo para el cumplimiento de los compromisos firmados. En la población ha quedado un sabor agridulce, mezcla de recelo y desconfianza, más que por los actores que esgrimieron sus válidas razones, por temor a infiltraciones que pretenden pescar a río revuelto o cumplir consignas foráneas como las convenidas en una ciudad extranjera en 1990. Dicho foro fue constituido, en esencia, para combatir al neoliberalismo en América Latina. De los caminos sugeridos para alcanzar sus objetivos, el que preocupa es la posible instalación de una oclocracia, término acuñado por el historiador griego Polibio (alrededor de los años 200 a. C.), que significa poder de la turba o de la muchedumbre violenta, una forma de degeneración de la democracia, hermanada con la demagogia. Resulta más dura y preocupante la expresión de aquel enorme ecuatoriano recientemente desaparecido, don Francisco Huerta Montalvo, quien con su característica frontalidad expresó el peligro que se cernía sobre nuestra debilitada patria por la instauración de un narcoestado o una narcodemocracia. En ese contexto resulta comprensible la incertidumbre de la mayoría de compatriotas, tras cierta calamitosa indiferencia del Ejecutivo para atisbar las necesidades internas, prefiriendo satisfacer a entes foráneos, y la tensa calma que pudiera disimular un postizo perdón y olvido que involucraría a las partes en desmedro del sentir popular.
Dr. Ricardo López G.