La corrupción como tema de campaña
Los candidatos la nombran y prometen exterminarla, pero la mancha que sobre sus hombros cae es más fuerte que una promesa vana
Preguntas que flotan en el ambiente, sin respuestas que permitan dilucidar el duro problema que nos agobia. Las instituciones del Estado son solo edificios límpidos por fuera, pero con fétido olor por dentro. El desdén y quemeimportismo de los funcionarios nos ha hecho creer que la podredumbre es de todos. La corrupción se pasea por todo el país, baila en los cuarteles de policías o militares; es un monstruo que se ha institucionalizado gracias a aquellos que se dicen políticos y usan y abusan de la justicia, como si fuera un naipe que el viento lanza a su antojo. Los candidatos la nombran y prometen exterminarla, pero la mancha que sobre sus hombros cae es más fuerte que una promesa vana, motivo que los obliga a deambular ocultando la fórmula. Pero sí podemos exterminarla si tan solo se mezclara algo de coraje y voluntad, y reaccionamos. ¿Cómo hacerlo? El elegido debe atreverse con suma valentía -como acto de sumisión, lealtad y respeto a sus mandantes- a exigir a quienes nombra ministros de Estado que lleven la renuncia bajo el brazo para que, de ser pillados en casos de corrupción, activen la renuncia y ponerlos frente a la justicia. No habrá nunca epopeya sin dolor, ni víctima sin victimario, por eso imagino la cara de los nombrados, cubiertos por el temor, salvo quienes sí sientan el peso de la responsabilidad y cuya honestidad sea como guayacán difícil de torcer.
Juan Francisco Idrovo Martínez