Cartas de lectores | La intolerancia, la estupidez y el fanatismo
La búsqueda de beneficios electorales inmediatos deja en evidencia que muchos no están preparados para gobernar
Hace muchos años, Albert Camus, periodista y filósofo francés, sostuvo que estas manifestaciones humanas solo pueden combatirse cuando aparecen de forma individual, ya que resulta casi imposible hacerlo cuando se presentan juntas en una misma persona. Yo discrepo en parte, pues en mi experiencia casi siempre las he encontrado reunidas en un solo individuo.
Una persona que adolece de estupidez es proclive al fanatismo, ya que ambas se manifiestan como una incapacidad crónica de razonar. El fanatismo nace de una educación escasa o nula, lo que refuerza dicha incapacidad. El ignorante no puede razonar porque carece de los elementos esenciales del pensamiento: educación y cultura. En consecuencia, la estupidez y el fanatismo suelen ir de la mano.
El fanatismo se expresa en ideas fijas e inamovibles, consecuencia lógica de la estupidez que conduce a una persona a ese estado. Quien no puede razonar ni modificar sus ideas tampoco tolera posturas contrarias, simplemente porque no las comprende.
Ante esta realidad, la obligación de la sociedad y del Estado es atacar la raíz del problema, y la única herramienta eficaz es una educación adecuada en todas sus etapas, incluyendo el nivel cultural.
Las manifestaciones del fanatismo, especialmente en la política, son fácilmente identificables: consignas rígidas y ataques sin pruebas, basados solo en apariencias, como acusar de narcotraficante al dueño de una empresa transportista o exportadora por el hallazgo de droga en su carga, sin analizar la posible intervención de otros actores.
No se trata de defender a nadie, sino de actuar con lógica y prudencia. Sin embargo, los políticos fanáticos buscan el escándalo y el protagonismo barato, mientras que el político responsable tiene el compromiso de sostener sus afirmaciones con pruebas.
Los protagonismos baratos cuestan caro, aunque los fanáticos no lo logren ver.
Educar a la sociedad es deber de los gobernantes que persiguen el progreso y de los verdaderos estadistas, comenzando por la formación de sus propios seguidores.
La búsqueda de beneficios electorales inmediatos deja en evidencia que muchos no están preparados para gobernar.
José M. Jalil Haas