Cartas de lectores: En el siglo XXI hay monarcas, feudos y vasallos
Como en el feudalismo medieval, predomina un poder absoluto, arbitrario y sin control
La organización política del mundo se asemeja a un sistema feudal, con emperadores, monarcas y Estados convertidos en feudos, donde élites oligárquicas y burguesas dominan la cúspide social y política. Desde estos feudos controlan recursos y poblaciones despojadas de sus tierras, convertidas en vasallos que pagan rentas por servicios manejados por transnacionales, mientras los trabajadores laboran en condiciones precarias.
Los grandes monarcas libran guerras contra infieles ideológicos en territorios lejanos, apropiándose de recursos naturales e imponiendo bases militares y administradores subordinados, a quienes otorgan beneficios según su lealtad, además de restringir el comercio. Los administradores de los Estados replican estas prácticas: imponen aranceles, favorecen a élites económicas, entregan territorios para explotación minera y provocan graves daños ambientales, dejando desolación tras extraer recursos y llevárselos.
Los gobernantes, convertidos en monarcas menores, compiten por agradar a los grandes imperios, facilitando negocios de transnacionales, incluso contra sus propios pueblos. El aumento de conflictos e inseguridad mundial fomenta la formación de clientelas de Estados subordinados que buscan protección del poder dominante, ofreciendo diversos servicios. Un ejemplo: Escudo de las Américas.
El pueblo, teóricamente soberano, ha sido reemplazado por una ‘soberanía del poder’ ejercida por jefes de Estado con actitudes autoritarias, que eluden la voluntad ciudadana y responden a intereses neocoloniales. Así, la sociedad queda sometida a relaciones de vasallaje, con creciente concentración de poder y debilitamiento de mecanismos de control, dando paso a formas de despotismo global y local.
Como en el feudalismo medieval, predomina un poder absoluto, arbitrario y sin control. Sin embargo, es posible que surjan corrientes democráticas, sociales y éticas que abran caminos de esperanza, siempre que se mantenga un enfoque crítico, sin caer en posturas sectarias o extremistas.
Carlos Castro Riera