Cartas de lectores | El ecuatoriano enfermo

Aunque no lo creas, el único capaz de sanar al moribundo es un manso y humilde carpintero…

Febril y postrado yace el enfermo sobre su dolor recostado. Sus ojos legañosos miran a la injusticia con enorme admiración; sus oídos sordos solo se excitan cuando escuchan palabras soeces y groseras. De su boca ya no brotan palabras de bondad, sino tan solo denuestos y vocablos injuriosos. Sus orificios nasales aspiran extasiados la fetidez de lo perverso. Sus pulmones exhalan aires contaminados, cargados con pensamientos pestilentes. Su corazón ya no late emocionado por la justicia, la paz y el amor. Ahora solamente se deleita con lo corrompido. Sus pies hinchados ya no corren presurosos para consolar al necesitado y sus manos reumáticas ya no se abren para ayudar al necesitado. Ahora, sus pies y manos corren presurosos para acechar al inocente y derramar su sangre sobre esta tierra bendita.

Aires mefistofélicos lo abrazan junto a su lecho nauseabundo. Los médicos lo han desahuciado. Un milagro es la única esperanza.

Aunque no lo creas, el único capaz de sanar al moribundo es un manso y humilde carpintero…

Gustavo Vela Ycaza