Cartas de lectores: Catilinaria de la olla y el príncipe

La historia no castiga la juventud. Castiga la soberbia

No hay mayor peligro para una república que un gobernante enamorado de su propia imagen.

El joven príncipe que hoy ocupa el solio presidencial parece creer que la urgencia lo redime y la juventud lo absuelve. Confunde crisis con carta blanca y miedo con capital político. Pero la república no es patrimonio familiar ni empresa heredada: es un pacto. Y el pacto se debilita cuando el poder se mira demasiado tiempo en el espejo.

Se gobierna con excepcionalidad constante. Se invoca la guerra para justificar concentración. Se presenta la seguridad como dogma. Mientras tanto, la crítica incomoda y el disenso molesta.

No hay despotismo más eficaz que el que se disfraza de eficiencia.

El gobernante que pide confianza puede terminar exigiendo silencio. El que reclama unidad puede terminar castigando la diferencia. El que se proclama salvador corre el riesgo de creerse indispensable. Y todo indispensable, en política, es peligroso.

No hace falta probar un crimen para advertir una deriva. Basta observar el tono ante el cuestionamiento, la impaciencia frente al escrutinio, la facilidad con que lo extraordinario se vuelve norma.

Cuando el Estado se convierte en instrumento y no en límite, comienza el extravío. La popularidad momentánea no es mandato perpetuo.

La metáfora de la olla no es casual. Mientras el príncipe gesticula con energía juvenil, la ciudadanía se divide. El fuego sube. La tapa se ajusta. El vapor nubla la vista.

El peligro no es la fuerza, sino la tentación de no soltarla.

No es la decisión, sino la ausencia de freno.

No es la autoridad, sino la arrogancia.

La república no necesita mesías. Necesita límites visibles, transparencia y humildad política.

La historia no castiga la juventud. Castiga la soberbia.

El agua ya quema.

Y ningún príncipe es invulnerable al hervor.

Manuel González