Cartas de lectores

El camino más fácil para nuestra clase política es destruir

Nuestra clase política se ha transformado en hábiles críticos y muy pobres proponentes. Se consideran francotiradores en el amplio sentido de la palabra. Disparan a todo lo que se mueve y se acreditan a todo lo que se derriba en el camino. Buscan cualquier argumento que tengan en sus manos para hacer críticas destructivas y formular oposición moral a quien propone argumentos y soluciones. Porque alternativas a lo criticado no se leen ni se escuchan. Ninguno repara el daño moral. Nadie repara en el daño que se le hace a nuestra frágil democracia. Nadie asimila que en la vida todo se devuelve y que si llegan a ganar en las elecciones próximas ya dejaron diseñado el camino de destrucción que seguirán sus futuros opositores. Ninguno hace una verdadera propuesta señalando alternativas que beneficien a la gran mayoría de la población y saquen de la postración al país. Deberían hacer un alto en el camino para analizar sus enojos y pasiones desatadas que algunos cultivan y con las que otros seducen al pueblo. Estos enojos y y falacias terminarán por acabar con nuestra débil democracia.

Puedo afirmar que mal vamos y si nuestra clase política que se encuentra inmersa en estas rivalidades no cambia y persevera en la destrucción moral de sus adversarios, pues lograrán sus objetivos. Aprovecharse de la ignorancia, aseverar la mentira, transformar en virtudes las falencias, destruir sin formular propuestas creíbles es como lanzarse al abismo sin paracaídas y hacer que otros se lancen de igual manera. El silogismo de esta destrucción es muy fácil de entender y observar en la práctica. Se acusa a los adversarios políticos de delitos y otras irregularidades sin aportar con pruebas, solo con la finalidad de destruir su imagen. ¡Insto a nuestra clase política al respeto digno que se merecen entre sí y a construir entre todos el país que anhelamos los ecuatorianos, a fin de fortalecer nuestra institucionalidad democrática y superar la crisis generalizada que vivimos.

Ec. Mario Vargas Ochoa