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Coronavirus Diario de una madre en cuarentena | Día 14: hay amor y otros demonios

La cuarentena por coronavirus nos genera varios dilemas cotidianos, aunque a veces más profundos de lo que uno cree. Lee aquí todas las entregas.

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Diario de una madre en cuarentena, día 14.Pixabay/ Alexas_Fotos

Escuchar conversaciones ajenas no está muy bien que digamos, pero ayer, mientras lavaba la torre inacabable de platos sucios, oí a un amigo de mi esposo contar cómo había trozado un pollo por primera vez en su vida. Obviamente, me quedé escuchando esa descripción entre apasionada y asquienta de las menudencias, piel y demás. Estaban en teleconferencia por Zoom, esa herramienta que cada vez se hace más común para saber cómo están los nuestros en tiempos de coronavirus.

Entre estos profesionales que se aproximan a los 40 había otro tópico. Se contaban las estrategias para trabajar con los niños en las casas y sin niñera. De repente, gran parte de la humanidad está entendiendo lo importante que son quienes los ayudan en casa y quienes cuidan a sus hijos. Eso está muy bien y va en línea con este nuevo mundo que todos sentimos que se viene luego de la pandemia.

Pero hay excepciones dignas de vergüenza. Esta mañana, luego de celebrar virtualmente el cumpleaños de mi esposo, leí un texto que escribió una señora peruana que, casualmente, tiene una casa en la misma ciudad donde vive mi mamá, San Martín de los Andes (Argentina). Es un lugar paradisíaco y la mansión de esta mujer de apellido importante queda  en la ladera de un cerro, como a una hora del centro en camioneta. Todos quisiéramos pasar la cuarentena en un lugar así.

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Pero ella se queja. Y la queja principal radica en que su ama de llaves (así la llama ella) se tomó su día libre sabiendo que no podría volver y no le queda más opción que comenzar a descorchar champagne. Esta “pobre” mujer se ha quedado sola en una casa de campo de tres pisos, con sus perros y su marido de 80 años. Mientras su empleada es una “hdp” (copia textual) por querer estar con su familia, en su casa, cuidando a los suyos.

Y esto me sirvió para darme cuenta de que hay gente a la que no le gusta su vida. Gente a la que le pesan sus perros si tiene que alimentarlos y limpiar sus necesidades. Personas que consideran una carga a su marido de 80 años (menciona que una clave importante es no cruzárselo mucho) y que pareciera no hallar la felicidad en una casa de campo, en un lugar increíble, con muchas botellas de champagne para pasar la cuarentena.

Y así es esta vida, antes, durante y después de la pandemia.

Está muy claro que no quiero que esto dure para siempre, pero me siento demasiado feliz de tener el marido que tengo y de que mis hijos estén más intensos que nunca, porque están conmigo y eso, hoy, es lo que más me importa. Me llena de amor pensar qué hacer esta tarde con ellos. Cociné la torta 1,2,3,4 con el mismo sentimiento que tenía cuando acepté casarme con él. Esta mañana nos dijimos que nos amábamos y que esto no está haciendo más que fortalecernos.

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Esto también nos está enseñando el coronavirus. Un apellido ilustre no te hace ni más feliz ni una buena persona. Un buen stock de champagne tampoco, si tu elección es ver lo menos posible a la persona que vive bajo tu mismo techo.

Así que les propongo pensar un poco las vidas que tenemos y en aquello que no va del todo bien hoy, para hacer las modificaciones que sean necesarias y no llegar a ser unos viejos amargados. Hay que ser agradecidos con esta pausa que se nos ha impuesto y convertirla en algo positivo.

No sé una fórmula que funcione para todos. Apenas estamos encontrando la nuestra.

¿Cómo vive la cuarentena por el coronavirus una madre de dos niños pequeños, en una ciudad que no es la suya y a la que se ha mudado hace poco? Conócelo en Diario de una madre en cuarentena. Lee aquí todas las entregas