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Diario Expreso Ecuador

Conciencia: por qué el “yo” no es tan simple como creemos

Desde los sentidos hasta el lenguaje, la conciencia sigue siendo un enigma: una experiencia íntima que, paradójicamente, también depende de los otros

El misterio de la consciencia

El misterio de la conscienciaFreepik

Mayko Garzozi D.
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Si queremos estudiar una roca, la tomamos en nuestras manos, sentimos su peso, su textura, y luego describimos por medio de un lenguaje sus propiedades. Aprendemos a través de los estímulos visibles, táctiles, acústicos, e incluso los olfativos y gustativos; no en vano, de niños exploramos el mundo llevándonos objetos a la boca.

Todas estas imágenes, estas impresiones, se reúnen en lo que llamamos mente. Pero para comprender hace falta todavía algo más: todas estas sensaciones deben ser sentidas por alguien. Se cree que este punto de encuentro de los estímulos es el yo, la parte de nosotros que no solo piensa, sino que sabe que está pensando. Una rareza: un objeto de la mente capaz de pensarse a sí mismo.

Por mucho tiempo, esta propiedad -saber con certeza que pensamos- fue considerada la base de la realidad. Así lo planteó René Descartes con su célebre “pienso, luego existo”. Sin embargo, otra corriente sostuvo que la consciencia es más compleja que esa certeza racional.

El punto culminante llegó con Sigmund Freud, cuyo descubrimiento del inconsciente puso en duda la idea de un yo como instancia primaria e incuestionable. La existencia de pensamientos inconscientes reveló que el yo podría ser una construcción secundaria, formada a partir de representaciones que recibimos de los otros.

Entre el cerebro, el lenguaje y el otro

La consciencia es -y seguirá siendo- un misterio que depende de la interacción entre el cerebro y el lenguaje. De esta doble relación se desprende una idea inquietante: antes que una certeza sobre el yo, la consciencia es una distancia irreductible que nos hace dudar de aquello que creemos ser.

Para afirmar que somos “nosotros”, necesitamos mirarnos desde fuera, a través del otro y del lenguaje. Si el yo fuera completamente autónomo, como pensaba Descartes, nos asemejaríamos más a un enjambre o a un cardumen que a los seres complejos que somos.

Seguirán apareciendo descubrimientos sobre la mente, conexiones neuronales cada vez más precisas, avances en neurociencia. Pero nada de ello parece capaz de eliminar esa distancia fundamental que hace de la consciencia algo a la vez íntimo y ajeno: lo más cercano a nosotros… y, al mismo tiempo, lo más difícil de atrapar.

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