
Ecuador y la nueva violencia: cuando el miedo deja de tener límites claros
La violencia ya no es excepción en Ecuador: se expande, cambia su sentido y transforma la forma en que vivimos y sentimos
Durante años, Ecuador fue pensado como una isla de paz en Sudamérica. El crimen existía, pero respondía a la necesidad o al dinero fácil. La violencia era un medio para un fin. Y en esa lógica, quien la sufría encontraba una explicación: la pobreza, la mala suerte, el deterioro de la ciudad. Hoy eso ha cambiado. La violencia se ha vuelto una forma de organización social que atraviesa la vida cotidiana.
Más que eso, hemos perdido las formas de comprenderla. Se sale de los límites, no responde claramente a la carencia y no se queda confinada a ciertos espacios o grupos. Se desplaza, se reproduce, aparece donde antes no se la esperaba. Ha dejado de ser excepción para convertirse en una probabilidad que atañe a todos.
Este cambio tiene consecuencias profundas en la salud mental porque no contamos con las representaciones para descifrarla. Cuando la violencia era excepcional, perteneciente a las partes marginales de la ciudad, podía ser explicada. Hoy, al volverse difusa y generalizada, se transforma en un sentimiento generalizado de angustia.
Cuando el miedo deja de tener rostro
Hay un sentimiento de miedo que no tiene vínculo con un peligro concreto, sino con una sensación persistente de riesgo y de imprevisibilidad. Como si el peligro ya no tuviera límites precisos. Como si, en cualquier momento, en cualquier lugar, algo pudiera ocurrir.
La psicología clínica plantea aquí una pregunta incómoda. En el tratamiento psicológico, el malestar disminuye cuando el sujeto logra reconocer su parte en el mal que lo aqueja. No para culpabilizarse, sino para no quedar reducido por completo a la impotencia.
Eso exige aceptar algo que durante mucho tiempo fue posible ignorar: que la violencia no le ocurría a otro por azar, sino porque existía una distancia (social, económica, geográfica) que funcionaba como protección. Una distancia que ahora se ha roto.
Y ahí está el punto más inquietante: en el aumento de la violencia, en la caída de esa distancia. Cuando ya no puede ser localizada afuera, cuando deja de tener un otro marginalizado claro al cual atribuirla, el malestar se vuelve más difícil de sostener.
Porque obliga a una pregunta que la distancia mantenía a raya: ¿qué dice esta violencia de la sociedad que la produjo y del lugar que cada uno ocupaba mientras era posible mirarla desde lejos?
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