La zona cero revive

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La zona cero revive

El polvo desapareció. Una ligera brisa de mar golpea los rostros blancos y también morenos. El rugir de los motores de las retroexcavadoras, y el ir y venir de las volquetas con restos de lo que era Pedernales, ya no más.

Contenedores. Los comerciantes de Tarqui, en Manta, son reubicados.

El polvo desapareció. Una ligera brisa de mar golpea los rostros blancos y también morenos. El rugir de los motores de las retroexcavadoras, y el ir y venir de las volquetas con restos de lo que era Pedernales, ya no más. El cantón de la provincia de Manabí revive de a poco, seis meses después del terremoto de 7,8 grados del pasado 16 de abril.

Locales comerciales, farmacias, tiendas de víveres, bazares y uno que otro restaurante devuelven la vida a la entrada, el malecón y la parte céntrica de la cabecera cantonal.

Arcímides López improvisó un pequeño local de reparación de calzado y objetos de cuero sobre la vereda a dos cuadras de lo que era el Municipio. Una lona sostenida con dos palos y un par de clavos cubre al comerciante y a su hijo, quienes ven con positivismo la recuperación de Pedernales. “Hay mucho más movimiento. No como antes del terremoto, pero de a poco se va normalizando”, comenta el padre. Por una dolencia de la columna optó por dedicarse a esa actividad en la que gana entre 15 y 20 dólares diarios, centavos más centavos menos que en los días previos al gran movimiento.

Propios y extraños han invertido en levantar pequeños negocios de venta de verduras, frutas, zapatos, zapatillas, mochilas, camisetas e insumos del hogar en lo que antes eran los locales alrededor de la plaza central. La mayoría de ellos son de provincias de la sierra. Cuentan los lugareños que gran parte llegó después del sismo a alquilar los cubículos porque sus dueños no pudieron invertir en la reactivación.

“No es que estamos mejor, pero trabajo no ha faltado”. Esa es la breve evaluación de María Zambrano, una modista oriunda de Bahía de Caráquez pero con casi 20 años residiendo en Pedernales. Hace tres meses regresó a lo que era su casa y su pequeño negocio. Encontró todo destruido. Improvisó un taller en el que ahora tiene una máquina de coser y mucho trabajo acumulado. Es bastante, dice, y más cuando la energía eléctrica tiene su propio horario. “Hoy llegó como a las 11 (de la mañana)”. Mañana no sabe a qué hora regresará. También se topó con la novedad de que algunos de los materiales subieron de precio. Si antes compraba una cremallera en 25 o 35 centavos, ahora la encuentra en 50, dependiendo del material. Lo mismo el hilo. No así los alimentos, que en su mayoría mantienen su costo.

Carlos Macías, dueño del restaurante Son Esmeraldeño, mantiene los precios de sus platillos. “Hay bastante turismo curioso. Las ventas están bien. Después del terremoto estaba bien bajo. Al mes después recién empezó a sentirse algo de recuperación. Ahora sí hay movimiento”, precisa con una amplia sonrisa. Y no es para menos, dice. Logró sobrevivir al terremoto estando aquel día en la terraza de su hotel ubicado al pie del mar. Aunque lo perdió, logró vender un carro para levantar su restaurante y un pequeño altillo con cañas donde ahora duerme.

Encontrar hoteles en Pedernales es algo complicado. Nadie sabe exactamente cuántos hay y dónde están. Unos aseguran que cinco, otros seis. Pero la actividad que mueve la economía de este cantón es la camaronera, que también progresa poco a poco (ver entrevista adjunta).

EXPRESO intentó conversar con el alcalde Gabriel Alcívar, pero el día de la visita de este Diario no estaba en la cabecera cantonal. Hasta el cierre de esta edición, ninguno de sus colaboradores confirmó la entrevista solicitada en el Municipio, tampoco contestó a las llamadas ni a los mensajes dejados en su teléfono celular.

Más al sur de Pedernales, a cuatro horas de viaje, está Manta. Es otra de las ciudades afectadas. Llegar al barrio Tarqui es ver el impacto del gran sismo. Casas destruidas, edificios abandonados y algunos terrenos vacíos en donde antes se erguían mercados y comercios.

Ángel Cuenca camina por las calles aledañas de lo que ahora llaman la zona cero. No puede pasar. Nadie puede, a menos que sea una autoridad o tenga un salvoconducto. Igual no iba a encontrar más que edificios abandonados y soledad. “Manta está mal. No ha avanzado en nada. Son seis meses en los que el progreso no se ve”.

Leonardo Carreño es la otra cara. Es uno de los tantos comerciantes de Tarqui que ahora trabajan en un complejo comercial al pie de la avenida La Cultura. Son contenedores adecuados como locales que a él y otras decenas de comerciantes les permiten subsistir. “Treinta años trabajé en Tarqui. Ahora mis más de 4.000 clientes me buscan aquí. Me va bien”.

Es un complejo de iniciativa privada. Junto a este, la Municipalidad y el Gobierno levantan otro en lo que antes eran las instalaciones del Seguro Social.

Los mantenses retoman el ritmo de su vida. Las excavadoras se mimetizan entre los edificios y pasos a desnivel. Lo mismo en Pedernales. Continúan las labores de demolición. La iglesia María Auxiliadora es derrumbada. El Municipio y el hotel Yam Yam, por ejemplo, aún están en pie con serias afectaciones en sus estructuras.

El gran remezón de abril, que primero destrozó y luego unió al país, ahora es sinónimo de progreso, de un comenzar de nuevo, de revivir.

En los refugios no oficiales aún sienten la necesidad

Los Reina no saben hasta cuándo vivirán así. Con sus camas sobre la tierra, con un delgado plástico sobre sus cabezas y unas cuantas planchas de zinc y madera como paredes. Rosa y Ramón son hermanos. Ella tuvo que abandonar su vivienda en el cantón El Carmen luego de que esta cediera de un lado tras el terremoto del 16 de abril.

Junto con su esposo y tres hijos viajó hasta Pedernales, donde vive su hermano, para engrosar la lista de damnificados no oficiales. Las dos familias viven en un albergue en el sector La Chorrera, a la entrada del cantón manabita. Hay que ingresar por un camino de tierra algo agreste para llegar al lugar.

Rosa invitó a EXPRESO a pasar a su improvisada vivienda. Primero presenta a su abuela, María Beatriz Moreira, a quien ayuda en todas sus necesidades.

Hay tres camas repartidas en un terreno de no más de cinco metros de ancho por otros cinco de largo, en las que duermen seis personas: Rosa, su esposo, sus tres hijos y la abuela de 98 años. Una pared de plástico divide su espacio del área que ocupa la familia de su hermano.

Lo poco que tienen para comer, relata Rosa, lo consiguen por donaciones, o de lo poco que gana su esposo en su trabajo. Sus hijos estudian.

Ramón, cuando tiene empleo, recoge unos cuantos dólares que van directamente a la alimentación de su familia y para solventar otros gastos como el de agua y energía eléctrica. Tienen un generador portátil que funciona con diésel. La comunidad de más de 40 familias recoge dinero para comprar la gasolina y contar con un poco de energía eléctrica por las noches.

Rosa y Ramón Reina lo que quieren es poder comprar un terreno, si es posible el que ahora habitan, para iniciar de cero.