Vuelve a subirte al caballo

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Vuelve a subirte al caballo

Mi brazo izquierdo nunca volvió a ser el mismo. Dejé pasar el tiempo sin la rehabilitación indicada por el médico y perdí la capacidad de estirarlo por completo. Eso no fue nada en comparación con el miedo que acumulé, impidiéndome volver a subirme a un caballo.

La caída fue tan fuerte que me fracturé el antebrazo en tres partes y debieron ponerme una placa y seis tornillos de metal. Aún hoy, casi 30 años después, en los días fríos suele dolerme el brazo, pero más el error de no haber vuelto a treparme a un estribo, acomodarme a la montura y galopar...

Desoí entonces el consejo de mi papá que me pidió volver a subirme al caballo, lo más pronto que pudiera, para no hacer más grande el problema. Tenía entonces 20 años y, talvez como muchos a esa edad, creía saberlo todo. Seguramente no entendí lo que él quiso explicarme: que en la vida muchas veces “al mal paso hay que darle prisa”, porque el tiempo, siendo tan poderoso para borrarlo todo, también es capaz de abrir un abismo allí mismo donde existió un monte.

Días atrás, en Manabí, una sobreviviente del terremoto me contó apenada que su hermano había muerto distanciado de ella. Lamentaba tanto no haberse dado la oportunidad de entenderse, y confesarse uno a otro, reconociendo sus lazos de sangre sobre las diferencias de opinión. “Dejamos pasar mucho tiempo”, se quejaba, “y lo que era una tontería fue creciendo como una bola de nieve”.

Conocemos cuántas historias parecidas, incluso propias, en las que se ha dejado al tiempo actuar a su antojo, mientras acomodamos y reformamos a conveniencia los recuerdos, acaso para justificar nuestra falta de acción.

Es cierto que no es cómodo ni agradable encarar diferencias o malos entendidos. Es más fácil hallar pretextos para escapar y no plantar cara a situaciones complicadas. ¿Pero es el camino más fácil la solución?

Mientras viajaba de regreso a Guayaquil desde Manta, la historia de la mujer que hoy daría tanto por haberse reconciliado con su hermano fallecido en el terremoto, no abandonó mi mente, empujando a preguntarme: ¿a qué cosa, a qué situación le estoy dando largas? ¿Qué es aquello que estoy ignorando, haciéndolo acaso más grave, desdibujándolo talvez, por comodidad, pereza, fastidio? No voy a contar en esta columna mis respuestas al respecto, pero les confesaré que volví a comprometerme conmigo misma a no callar, a decir lo que creo, lo que debo, aun no siendo agradable, aun no siendo cómodo; pero sin hacer de las palabras una herramienta para herir.

Esa es una tentación peligrosa, creer que si la razón nos asiste podemos imponernos al otro, incluso ofenderlo, creyendo necesaria cualquier “aclaración”.

Hoy no quiero dejar que el tiempo o el miedo me alejen de las cosas y de las personas que amo. No quiero evitar un mal rato si el costo va subiendo con los días, meses y años.

No sé si seré capaz de volver a subirme a un caballo, pero al menos me acercaré para acariciar su lomo regio o admirarlo, aplaudirlo. Para esto y más, ya dejé pasar demasiado tiempo.