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Diario Expreso Ecuador

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La vuelta al mundo en 5 calles

En apenas 500 metros, la av. Víctor Emilio Estrada es una fracción de las Naciones Unidas. Existe toda una diversidad cultural y gastronómica.

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En el mapamundi, Argentina y la India están separadas por el océano Atlántico y miles de kilómetros de distancia. En la esquina de la Víctor Emilio Estrada y Jiguas, Nicolás Altamura y Surendra Kumar Augula se saludan cada tarde que coinciden saliendo o entrando de sus negocios, separados apenas por una verja adornada con una que otra planta. El primero es un bonaerense; el otro, de Vijayawada, sur de la India.

Altamura llegó al país en el 2007 y abrió un restaurante (Tanguito) en el que sirve platos con la receta de las abuelas de su país; mientras que Kumar, un ingeniero en software, arribó hace dos años. En su local del número 1011 de la Víctor Emilio Estrada lo que sirve es un menú de la región de donde proviene.

Las historias de estos dos extranjeros son parte de la cotidianidad que se evidencia en Urdesa, en especial, en un tramo de una avenida en cuyos 2,6 kilómetros existen cerca de 2.000 negocios. Sin embargo, en apenas 500 metros, desde Ficus hasta Jiguas, hay una diversidad étnica y de nacionalidades tan intensa, que podría pensarse que es una pequeña fracción de las Naciones Unidas.

Si por un lado están las barberías y salones de belleza atendidas por migrantes venezolanos -instaladas recientemente-, un poco más allá están los chifas, cuyos dueños llegaron al barrio hace más de 30 años. Pero a estos se suman coreanos, italianos, mexicanos y hasta egipcios.

Solo en la intersección con la avenida Guayacanes hay predominio de negocios, cuyos dueños provienen de dos países árabes -Palestina y Líbano-, de tal manera que una mañana reciente se hizo natural que dos mujeres ataviadas con sus trajes grises (chador) cruzaran de un lado a otro la avenida Víctor Emilio Estrada y se perdieran en esa pequeña fracción de región arábica que es ese punto de Urdesa.

En ese espacio urbano guayaquileño, Altamura aún mantiene el acento típico de los argentinos. Kumar intenta hacerse entender en español. Así, haciéndose entender, Abdalla Salim, un gazatí que arribó hace cinco años como turista, se enamoró de Guayaquil y decidió quedarse sin saber un vocablo en español. “Me ayudó que encontré en la calle Guayacanes gente que hablaba mi idioma. Ese lugar fue mi escuela”.

Algo de esto le pasó a Ali El Hamad, un palestino que lleva también cinco años en la ciudad. Administra un restaurante de su hermano, pero acaba de abrir una cafetería, un aporte más a esta mixtura gastronómica diversa, con postres y dulces árabes. “Somos la primera cafetería con este servicio”, dice este libanés, quien se expresa muy bien en español, le gusta el encebollado y hasta es un seguidor del Emelec, uno de los equipos locales, y a los que sus conocidos, árabes o guayaquileños, le hacen bromas cuando el equipo pierde.

Así se mueve la cotidianidad en este punto de Urdesa, donde el idioma utilizado no necesariamente es el español.

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