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Diario Expreso Ecuador

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Viven encerrados para no estamparse con los baches

A la espera. Este Diario solicitó la versión de Jorge Berrezueta, director de Obras Públicas. Pero en su oficina indicaron que se encuentra fuera del país.

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Regresaba a casa con un par de fundas en las manos. Tenía algo de prisa porque debía acudir a un compromiso. Y se confió. Aquel domingo de febrero, hace ya dos años, Mirian Viteri dio con sus huesos en el piso. No pudo esquivar uno de los incontables huecos que riegan las aceras de la primera etapa de la Alborada, al norte de Guayaquil. Acto seguido, la sangre comenzó a manar de sus rodillas.

“Unos señores de la CNEL intentaron levantarme. Pero ni con su ayuda podía. Y les rogué que esperaran un poco. Desde entonces he tenido problemas de salud”, relata la mujer a EXPRESO.

Viteri, de 72 años, viajó a Estados Unidos con el objetivo de someterse a un chequeo exhaustivo. Le aseguraron que no presentaba ninguna fractura y le recomendaron que caminara. Pero apenas puede avanzar cuando pasea y sufre intensos dolores en ambas piernas y la espalda, más aún a raíz de que el pasado mes de junio volviera a despeñarse en un desnivel del parque central. Ni las infiltraciones ni la faja ni la terapia han surtido efecto.

“Caí sobre el costado izquierdo. Recuerdo que al lado había un murito de la luz. Pero por suerte no impacté contra él. Un poquito más y no lo hubiera contado. Hace cuarenta años que vivimos acá y nunca han acondicionado las veredas. Dicen que no hay presupuesto”, certifica.

Son “muchas” las personas que han sufrido incidentes similares en el sector, donde “en torno al 70 por ciento” de los residentes son adultos mayores. El presidente del comité barrial, Eduardo Rodríguez, conoce al menos siete casos en el vecindario de Mirian, que comprende 140 viviendas. Y sostiene que el problema se extiende también a otras etapas de la Alborada.

Por eso, el 7 de enero de 2016, después de que los Reyes Magos no les hubieran agasajado con el regalo que tanto anhelaban, Rodríguez remitió un oficio al Municipio para solicitar la regeneración de la zona, sobre todo de los alrededores del área verde, donde se concentran las aceras en peor estado.

Porque Viteri, igual que Marta Luces, de 72 años, y María Maldonado, de 75, vive prácticamente recluida en su hogar. La primera se ha caído “en todas las peatonales” que rodean su domicilio, unas cuatro en total, debido a los baches y lodazales que rebosan con las lluvias. Ahora tiene la columna desviada. “El otro día me salvé porque logré aferrarme a una planta. Ya ni puedo subir escaleras. Hasta el médico me lo ha prohibido”, atestigua.

La segunda se fracturó la muñeca hace un año. Y todavía padece los estragos de la intervención quirúrgica. Al menos la mano impidió que su cabeza se precipitara contra una esquirla de concreto: “Me pusieron mal el yeso en un dispensario y se me hinchó. Después, en el hospital Teodoro Maldonado Carbo me comentaron que podía perderla si no me lo quitaban. De una me operaron. He tenido más tropezones, pero ahí voy, agarrándome a donde puedo”.

“Necesitamos soluciones. Este es uno de los temas que más afecta a nuestra comunidad. Un joven se recupera bien de estos percances, pero a ciertas edades resulta complicado”, valora el dirigente barrial.

Además, la presencia de varios perros, que deambulan “libres” por el parque, aviva sus miedos. A Viteri, por ejemplo, uno de ellos se le echó encima y le hizo perder la estabilidad. “Los dueños nos ignoran. Hay un señor con tres denuncias porque algunos de sus canes ya han mordido a moradores”, remata Rodríguez preocupado.

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