Actualidad
Las virtudes del aislamiento
Bajo las circunstancias adecuadas, elegir pasar tiempo solo puede ser, más allá de una tarea catártica, una gran herramienta de entendimiento personal

A los veintiún años, Joaquín, ya se sabe solitario. Vive solo desde hace dos meses, gracias al empleo de tiempo completo que cambió su suerte. Lo hace en un piso de madera, en una casa de huéspedes dentro de una zona en la ciudad de Guayaquil, bautizada irónicamente como Ceibos.
Después de vivir toda su vida al sur y junto a su madre, padrastro y tres hermanos capaces de caotizar, incluso, el polo norte, entendió que la soledad puede coronar la existencia de una persona aunque esté rodeada de sus familiares en una cena de cumpleaños o de año nuevo. Pero que también puede ser una decisión, no solo una consecuencia del destino, pasar tiempo a solas.
Desde el suelo caoba en su departamento angosto, tendido bajo el tedio de los fines de semana, Joaquín mira por la ventana, que casi besa el piso, una silla azul tirada en la acera de enfrente, mientras el silencio le orquesta los pensamientos y evade las tareas pendientes de la universidad. Mira un tulipán que compró hace dos semanas y en la única silla de su habitación, lee un poco a Franz Kafka, escucha canciones a todo volumen desde su laptop, el primer artículo que compró con su independencia. Camina sin ropa y despreocupado hasta que las canciones lo agotan y decide quedarse con los graznidos de los pájaros, entre las copas de los árboles. La tarde del sábado pasa rápida y Joaquín se recuesta en el enorme confort que la soledad le ha brindado.
Pero la soledad autoinducida en él es relativamente inusual: las personas han estigmatizado, durante mucho tiempo, el estar solo. Se ha considerado un inconveniente, algo a evitar. Incluso la ciencia a menudo la ha alineado con resultados negativos como la depresión. Sigmund Freud, quien la vinculó con la ansiedad, observó que “en los niños las primeras fobias se relacionan con las situaciones de oscuridad y soledad”.
La soledad perseguida
Pero estar solo, no siempre equivale a estarlo. En 1973, el sociólogo estadounidense Robert Weiss dividió la soledad en dos categorías: una emocional, que se relacionaba con el malestar interno de no hallar una conexión real incluso en un espacio repleto de gente, y el aislamiento social, aquella que es consciente e incluso, perseguida.
John Cacioppo, un neurocientífico social moderno de Estados Unidos, que ha estudiado extensamente la soledad como consecuencia y no como una decisión, sostiene que, más allá de dañar los poderes del pensamiento, perjudica la salud física. Pero también acepta que cuando es por elección puede resultar terapéutica.
Algo que encuentra sentido en situaciones de turbulencia personal. “Cuando las personas experimentan una crisis, de cualquier índole, suele recomendarse que busquen ayuda externa: los oídos de un amigo o la salida con algún otro. Pero es una costumbre, un paradigma, porque no se trata solo de ti. Cuando hay problemas, también debe evaluarse tu posición en la sociedad”, explica Alonso Riccardi, psiquiatra local y miembro de la Asociación Americana de Psiquiatría. “Cuando las personas aprovechan estos momentos a solas para explorar su ser, no solo se ven obligadas a enfrentarse con quienes son, también aprenden cómo superar la toxicidad que rodea su entorno social”.
El milagro de los ermitaños
Sin embargo, hoy, en una sociedad hiperconectada, la soledad está más devaluada, especialmente entre los jóvenes y jóvenes adultos. Así lo señala un estudio reciente efectuado por la Universidad de Virginia en Estados Unidos. Varios participantes optaron por someterse a descargas eléctricas en vez de estar solos con sus pensamientos. La investigación enlazó dicha decisión a la inmediatez y sentido de compañía que crea el mundo de las redes sociales. También hallaron una correlación con la cultura pop. Que retrata la soledad, frecuentemente, de forma melancólica en películas, canciones, series de televisión y demás.
En su best seller, Fiesta de uno: El manifiesto de los solitarios, la reconocida escritora y periodista Anneli Rufus escribió: “El internet es para los ermitaños, un absoluto y total milagro”.
“Decidí estar solo”
La gente quiere visitar a Joaquín y efectivamente lo hace. Su madre va los fines de semana. Gabriela, una amiga cercana, las noches de los sábados.
Karla, otra amiga y visitante regular, le narra los trágicos episodios que vivió en una fiesta a la que él, luego de meditarlo largo rato, no asistió. Que inició tarde y terminó pronto, había poca bebida y la música era monótona, le cuenta. A la par que, dentro de su cabeza, él ríe. Su noche del viernes se basó en ver series de Netflix, comer pizza y tomar, justamente, lo que su amiga rodeada de personas no pudo, un par de cervezas. Ella confiesa luego que lo mejor era quedarse en casa.
Joaquín, exceptuando a su madre, siente más alivio cuando se van que cuando entran por su puerta.
Sin embargo, el asunto no se resume simplemente a estar solo. “Es un proceso interno más profundo”, dice el psicólogo especializado en psiquiatría clínica, Eduardo Godoy. “La soledad productiva requiere una exploración interna, un trabajo incómodo que tomará tiempo hasta que sea agradable. Pero cuando sucede, se crea la relación más importante que alguien haya tenido, una consigo mismo”.
Esto ocurre a través de los denominados ‘momentos existencializadores’, destellos mentales de claridad que ocurren a solas. Así lo explica Matthew Bowker, psicoanalítico de la Universidad de Artes Liberales Medaille en Nueva York y autor de Un lugar peligroso para ser: identidad, conflicto y trauma en la educación superior.
Bowker sostiene que la desconfianza a vivir solo está ligada a la incertidumbre de saber si sobrevivirá sin el apoyo, en cualquier aspecto, de un grupo de personas. “Cuando tenga esos momentos, no luche. Acéptelos por lo que son, déjelos emerger con calma y sinceridad, sin resistirse”, culmina.
De vez en cuando, especialmente en la noche, el aislarse conscientemente pierde su poder suave y la soledad, negativa, se hace cargo de Joaquín. Al amanecer, agradece que la soledad vuelve a transformarse en la mascota, y no viceversa.
La soledad es buena si...
Para que la soledad sea beneficiosa, deben considerarse las siguientes condiciones. Aislarse solo puede ser productivo: si es voluntario, puede regular sus emociones, unirse a un grupo social cuando lo desee, y si le es posible mantener relaciones positivas fuera de ella.