La violencia de Trump es contagiosa

Profesionales de la salud mental y otras figuras han intentado advertir a la opinión pública sobre los peligros que plantea el presidente estadounidense Donald Trump. No pasa un día sin que dé muestras de narcisismo extremo, sadismo, falta de empatía y admiración por déspotas. El peligro es mucho mayor ahora que se publicó el informe del fiscal especial Robert Mueller. Es probable que la presunta conclusión de que Trump no se complotó con el presidente ruso Vladimir Putin lo envalentone todavía más. Se sentirá liberado para dar rienda suelta a su revanchismo y a sus delirios de grandeza. En las últimas semanas, se burló de un difunto senador de EE. UU., y no expresó ningún remordimiento por los 50 fieles musulmanes asesinados en Nueva Zelanda por un supremacista blanco que lo mencionó específicamente al justificar la masacre. Cuando lo critican, se pasa días atacando furiosamente a sus enemigos en Twitter. Usa mítines y otras ocasiones públicas para ejemplificar un modo de hacer política según el cual el humanitarismo y la compasión son debilidades, en vez de valores humanos fundamentales. La creciente furia de Trump puede ser en parte el resultado de un deterioro cognitivo. Lo indudable es que está poniendo al mundo en riesgo. Se ha retirado de dos tratados nucleares, uno con Irán, acordado por el Consejo de Seguridad de la ONU en pleno, y el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio con Rusia, vigente desde 1988. Su diplomacia absurdamente incompetente con Corea del Norte fracasó, y ahora ese país amenaza con iniciar una nueva ronda de pruebas nucleares. Con Trump, el gobierno estadounidense (y ninguno más entre los 193 países miembros de NN. UU.) abandonó la lucha global contra el cambio climático, dejando a los estadounidenses sin un liderazgo sensato mientras las crisis climáticas se intensifican. Desde el inicio de su gobierno siguió el manual autoritario e intentó gobernar por decreto. Hay que detenerlo antes de que inicie una guerra, con Venezuela o con Irán, o antes de que sus simpatizantes armados aumenten la violencia contra sus opositores políticos. La campaña de 2020 podría fácilmente degenerar en violencia callejera a instancias suyas. Hay que tomar medidas sin demora. La Cámara de Representantes debe iniciar el proceso de juicio político. Trump es responsable de los mismos actos ilegales de financiación de campaña por los que su exabogado Michael Cohen irá a prisión. Ha violado en forma reiterada y temeraria leyes financieras y tributarias con actos de lavado de dinero, valuación fraudulenta de bienes y evasión fiscal crónica. Si se divulgara el informe de Mueller completo podrían aparecer más motivos para un juicio político. El Congreso debe recuperar con urgencia el claro e inequívoco derecho constitucional de declarar la guerra. En la práctica cedió esta atribución al poder Ejecutivo. Los expertos en salud mental deben cumplir su responsabilidad de proteger la salud y seguridad de la sociedad explicando públicamente que Trump no es simplemente un político maquinador o un líder asertivo, sino un individuo mentalmente inestable, capaz de provocar daño a gran escala. Los medios deben dejar de hablar de cómo se levantó y exponer en cambio su inestabilidad mental; una amenaza para todos. Los estadounidenses deben organizarse políticamente para evitar otra crisis electoral en 2020, que tal vez Trump intentará alentar con denuncias de fraude y llamados a sus seguidores para que violen las normas de la democracia. Si no se lo destituye en juicio político (como debe ser), es preciso extremar recaudos para preservar la democracia y proteger a la sociedad de su destructividad.