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La vieja bella
En la percepción, aceptación y visiones de Guayaquil gravitan viejas y nuevas ideas, creencias, imaginarios y sentires de piel, corazón y razón. De estas perspectivas, varias se nos hacen “aceptables” o no. Por eso es bueno plantearnos que la guapa y vital ‘vieja bella’, con 483 años sigue radiante y mejor que nunca. Quienes la habitamos desde hace décadas sabemos que no es solo espacio vital. Es efectiva pasión urbana. Es, como ya se mencionó, razón, piel, corazón, y además compromiso existencial que nos hace y que hacemos día a día.
Hay múltiples determinaciones, de superficie y de fondo, conscientes e inconscientes, que inciden en las visiones más diversas de los guayacos de todo tiempo, procedencia, ubicación y cultura. Cada uno la ve de manera diferente. Esto lo percibe Héctor Napolitano en Guayaquil, la bella, pues pone en signos y sonidos esa pasión socio-histórica, cultural, humana y mundana. El problema no son los calendarios que ‘la vieja bella’ termina cada año. Ella va más allá de esos almanaques que no dicen por qué no pierde sino que incrementa y mejora su interminable belleza. Quien hace un recorrido histórico de la sociedad espacializada descubre esto. Incluso llega a la comprensión de qué es, cómo es, por qué se produce y hacia dónde van sus diversas mutaciones. Anclarla en el Cerrito Verde, laderas y alrededores, es no percatarse que para mantenerse hermosa amplió su cuerpo, superó sus originarias formas espaciales. Siguió siendo ciudad-puerto que tiene vínculos históricos con el golfo, océano, ríos y esteros pero se ha extendido en la riqueza del valle tropical, de los manglares y del cúmulo de brazos de mar rellenados para hacerlos barrios y ciudadelas.
Es preciso reconocer que su cuerpo y territorio urbano tropical y riqueza hídrica deben comprenderse desde los procesos históricos de urbe revitalizada y regenerada. Sus años no la hacen caduca ni decrépita. Entender y descubrir lo mutante y lo constante de ella, es tarea de quienes se regocijan en su vientre y espacio social. Por eso, jóvenes o viejos, vivimos enamorados y fieles a esta ‘vieja bella’ de 483 años, lo que hace que Guayaquil sea cuerpo y espíritu.