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Victimismo

El victimismo es una vieja y fraudulenta artimaña de quienes pretenden salirse con la suya justificándose ante los demás. Consiste en inculpar a otros de todos los males, en especial de aquellos que son de su propia autoría. Su herramienta eficaz es la manipulación sistemática de mentes y conciencias de quienes le rodean y el fenómeno, trasladado a la arena política, se traduce en inagotables acusaciones a sus adversarios políticos y a los programas que estos promueven. Los acusados representarían así la antipatria y el acusador al héroe mesiánico, llamado a corregir los entuertos. El victimismo en política se convirtió en tendencia favorita de los líderes populistas de países en desarrollo como el nuestro, sumándose a las corrientes chavistas del socialismo del siglo XXI, a punto de desaparecer en el olvido y el descrédito continentales.
El gobierno correísta ha sido ferviente partidario de las victimizaciones: aparecen en todos sus discursos como justificantes de su propia impotencia y mostrando una incomprensible imagen de quejumbroso y prepotente, de damnificado y agresor a la vez. Embistió desde sus inicios contra la “partidocracia”, representada en ese entonces por los dominantes partidos socialcristiano, demócrata-cristiano e izquierda democrática, por el fugaz roldosismo y por experimentos amorfos como el gutierrismo. Todos ellos fueron víctimas propiciatorias, no exentos sin embargo de ciertas responsabilidades en las acusaciones correístas. A continuación fue el “neoliberalismo”, tendencia dominante en el mundo occidental que, al decir de Correa, se sumó con su “larga noche” a la vapuleada partidocracia. Faltaba la nota patriotera y esta apareció en los discursos revolucionarios con el trillado fantasma del “imperialismo” estadounidense, siguiendo la patética retórica de la Cuba castrista y sus seguidores, con los estribillos comunistoides que se pusieron de moda en Latinoamérica y que aún se cantan en Carondelet. Ya sumaban tres los enemigos a quienes culpar de nuestro infortunio. El martillar publicitario, al mejor estilo fascista, se hizo cargo de mantener la victimización del caso, matizado con los récords continentales logrados por Ecuador en cualquier tema, por disparatado que fuere, y con arengas revolucionarias que solo reflejaban el conservadurismo de sus dogmas.
Se necesitaba, en consecuencia, hallar más culpables y una nueva inventiva apareció: la “restauración conservadora,” tomada como una amenazante expresión de volver al pasado.
Se aferraron luego a la “caída del petróleo”, que puso al descubierto que nuestra supuesta bonanza no se debía a políticas progresistas del correísmo, sino a un regalo de la naturaleza y al despilfarro fiscal cuya evaluación cabal esperamos del próximo gobierno democrático.
El “terremoto” de abril y el “brexit” completan el listado de pretextos. El primero ha permitido al fisco embestir a la ciudadanía en procura de recursos financieros cuyo destino real se cuestiona; y el segundo sería culpable de la incertidumbre sembrada en el mundo financiero. No nos extrañaría que se acuse a Gran Bretaña de habernos agredido en nombre de la derecha neoliberal e imperialista.
Larga lista de culpables de nuestro padecer, cuya manipulación busca ocultar las deficiencias revolucionarias. Seguiremos culpando a partidos políticos, prensa independiente, gremios empresariales, ancestros burgueses e indígenas, y hasta a las once mil vírgenes, si les fuere conveniente. Son argucias de un gobierno que dice ser ajeno a la crisis que nos agobia, bajo un disfraz de héroe redentor.
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