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Diario Expreso Ecuador

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Otra vez las cadenas de la deuda

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El crecimiento global se está acelerando. Pero antes de descorchar champaña pensemos en los riesgos que en el largo plazo plantea a la continuidad de esa expansión el aumento de la deuda pública y privada. Es hora de que autoridades y asesores económicos abandonen el supuesto de que un mayor endeudamiento produce siempre más crecimiento. Hay momentos en que los gobiernos necesitan endeudarse para estimular la economía, pero el gasto deficitario no puede aumentar el crecimiento a largo plazo. Y cuando los índices de crecimiento y endeudamiento privado están en alza (como ahora), es momento de que los gobiernos se esfuercen en reducir sus propios déficits. Se debería aprovechar la recuperación actual (la más sólida de la década) para poner las finanzas públicas en línea con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Los gobiernos deben tratar de impedir la acumulación de deudas insostenibles y estimular crecimiento duradero no basado en el crédito, mediante una combinación de regulaciones, acuerdos comerciales, incentivos a la inversión y reformas educativas y del mercado laboral. En un entorno de baja inflación como el actual, los bancos centrales pueden amortiguar el impacto de esas reformas con políticas monetarias expansivas. Pero deben calibrar con cuidado sus intervenciones para que la expansión monetaria no aliente todavía más apalancamiento en el sector privado. Esto implica pensarlo dos veces antes de tomar medidas como aplicar tipos de interés negativos a los depósitos (para presionar a los bancos a otorgar más préstamos) u operaciones de liquidez supeditadas al crédito bancario. Una estrategia mejor pondría acento en dar señales de trayectoria futura para influir en las expectativas de tipo de interés y en los rendimientos de los bonos. Rendimientos bajos pueden impulsar la valorización de activos y estimular la demanda en una variedad de áreas, no solo a través de mayor apalancamiento corporativo. Además, las autoridades regulatorias deberían esforzarse más en asegurar que la deuda privada se canalice hacia usos productivos con una oferta de rendimientos aceptables a más largo plazo. Es la enseñanza que dejaron las crisis de deuda del pasado, incluida la burbuja de las hipotecas basura que inició la debacle hace diez años, con consecuencias devastadoras para el crecimiento y el empleo. Nada de esto será fácil para gobiernos, reguladores y bancos centrales. El endurecimiento monetario puede desacelerar transitoriamente el crecimiento. Las reformas estructurales que se necesitan para abandonar un modelo de crecimiento basado en el endeudamiento no suelen ser muy populares. Y el clima político agitado de la actualidad lo hará aún más difícil. Pero evitar esas decisiones puede traer consecuencias devastadoras. El ciclo financiero seguirá cobrando impulso, hasta que los precios de los activos superen por amplio margen el nivel que les correspondería según los fundamentos económicos; los ratios de apalancamiento seguirán subiendo y la demanda excederá la capacidad, lo que alentará la inflación. Entonces, una perturbación externa o la decisión de los bancos centrales de poner freno a la expansión monetaria (inevitable ante el sobrecalentamiento y aumento de inflación) llevará a un colapso que puede ser desastroso. Los mercados financieros, subidos a tipos de interés bajos y abundancia de liquidez, recibirán un duro golpe. De pronto, los niveles de apalancamiento privado y deuda pública ya no parecerán tan sostenibles. Los tiempos de bonanza existen, pero es precisamente entonces cuando se generan los riesgos. Las autoridades están advertidas.

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