Verano del descontento en China

La política está acostumbrada a sorprendernos, especialmente en un país como China, donde la transparencia escasea y abundan las intrigas. El presidente Xi Jinping ya había conmocionado a los chinos con la derogación del límite de mandatos presidenciales y sus intenciones de convertirse en gobernante vitalicio. Pero la verdadera sorpresa vino después, pues casi todos pensaban que su dominio del Estado unipartidista chino era prácticamente absoluto, de modo que su autoridad estaba a salvo de eventuales ataques. Pero ahora Xi enfrenta el peor verano desde su llegada al poder en noviembre de 2012, debido a una seguidilla de malas noticias que generaron en muchos chinos -y en sus élites- decepción, inquietud, enojo e impotencia respecto del cada vez más poderoso líder. Investigadores del Gobierno descubrieron que una compañía farmacéutica había estado produciendo vacunas de mala calidad contra difteria, tétanos y tos convulsa, y falseado datos de su vacuna antirrábica. Cientos de miles de niños chinos en todo el país recibieron las vacunas defectuosas. Ya hubo en China muchos escándalos similares (la leche de fórmula adulterada, etc.) que llevaron a que empresarios codiciosos y funcionarios corruptos fueran procesados. Pero Xi apostó mucho capital político a erradicar la corrupción y a fortalecer el control, y el que una empresa privada con amplias conexiones políticas esté en el centro del escándalo de las vacunas es prueba contundente de que la campaña anticorrupción dirigida por Xi no ha sido tan eficaz como se dice. Mas la reacción contra Xi se dio antes de estas revelaciones por la creación gradual de un culto a la personalidad: la aldea donde Xi pasó siete años trabajando como granjero durante la Revolución cultural se convirtió en un activo destino turístico. Esto se asemeja a la atribución de cualidades cuasidivinas a Mao Zedong, que durante el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural provocó millones de muertes y por poco no destruye la economía. China está teniendo dificultades económicas, empezando por una caída bursátil del 14 % este año. Luego sobrevino otra caída del mercado en un contexto de agotamiento de las reservas de divisas extranjeras. Además, el yuan está en su valor mínimo en trece meses, y la economía muestra signos de debilidad. La inversión, el mercado inmobiliario y el consumo privado se están desacelerando, lo que obliga al Gobierno a detener sus intentos de desapalancamiento y asignar más fondos a sostener el crecimiento. La guerra comercial ha dejado en evidencia que China sigue siendo muy dependiente de los mercados y la tecnología de EE. UU., en vez de ser una potencia hegemónica rejuvenecida y lista para reformular la economía global. El país logró un nivel de crecimiento económico y desarrollo sin precedentes con Deng Xiaoping, que hubiera sido imposible de no ser por la política china de mantener una relación de cooperación con EE. UU., la cual Xi alteró drásticamente durante su mandato, sobre todo con sus acciones cada vez más agresivas en el Mar de China Meridional. China va en dirección equivocada. Un cambio de rumbo dañaría la reputación de Xi: equivaldría a admitir errores de juicio, un problema para cualquier líder, pero especialmente para uno autoritario como Xi.