Venezolanos, hermanos

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Venezolanos, hermanos

Es un desfile diario de tristezas trocadas en sonrisas momentáneas para vender su jugo, su canguil, sus bocaditos, o simplemente para pedir una moneda de cualquier valor, a fin de continuar su viaje hacia lo incierto. Es una mirada de impostada picardía para aprovecharse del apurado y libidinoso cliente interesado en conseguir a bajo precio el anhelado deseo de salir del “trance” gracias a esa oportunidad que, de otra manera, no podría alcanzar.

Es un largo desfile, sin ninguna carpeta bajo el brazo, y con solo la esperanza de lograr ocupación, sin importar el monto del pago, la inexistencia de seguro o el probable acoso imposible de denunciar. Es un desfile de angustia cotidiana, de guarecerse de un penetrante sol debajo de un paso peatonal. Es una larga marcha hacia ninguna parte, aunque esta tenga el nombre de “esperanza”. Son cientos y cientos de venezolanos que se han ubicado como parte del paisaje de todos los días. Viejos, jóvenes, mujeres y niños que debieron abandonar su país, aguijoneados por el hambre, empujados por la desesperación, forzados por el miedo.

No quisieron salir a pedir caridad por las calles de sus propios pueblos, luego de haber sido maestros, ingenieros, mecánicos, secretarias, pequeños comerciantes, estudiantes; ni quisieron formar parte de los “batallones bolivarianos” que, por el pago de una pequeña cantidad de dinero o la diaria comida, deben arremeter contra sus hermanos, padres, familiares y amigos, defendiendo a un régimen cuyos cabecillas y mayordomos se han llenado los bolsillos, han destrozado la economía, se han alineado con el narcotráfico y han permitido que el crimen organizado penetre hasta en las más altas esferas del poder.

Los venezolanos que interrumpen nuestro diario desplazamiento a las oficinas, a nuestros lugares de trabajo, a nuestros negocios, no son extraños. Sufren, como nos ocurrió a nosotros, que debimos ir a su país, y a otros, durante varias décadas para buscarnos la vida y no morirnos de hambre.

Ecuador siempre ha sido un país humano y solidario.