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Fue en vano la muerte de Liu Xiaobo

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La relativamente súbita muerte (a los 61 años) de Liu Xiaobo, el disidente y premio Nobel de la Paz chino encarcelado, supone una gran pérdida y dejó algo bien claro: que la dirigencia del Partido Comunista de China (PCC) está decidida a defender por los medios que sea y a cualquier costo su monopolio político. Liu, un ex crítico literario y conocido promotor de los derechos humanos y la resistencia no violenta, pasó los últimos ocho años de vida tras las rejas, bajo acusaciones de “subversión” inventadas. Su verdadero delito fue pedir democracia en China. Incluso antes de ser encarcelado, ya era víctima de acoso y vigilancia policial todo el tiempo. Cuando en 2010 obtuvo el Premio Nobel, las autoridades chinas no solo impidieron a su familia viajar a Oslo para recibir el galardón, sino que también impusieron a su esposa arresto domiciliario. La última afrenta del Gobierno chino a Liu se produjo el mes pasado, al rechazar su petición de recibir tratamiento para el avanzado cáncer de hígado que sufría. Fue un acto de crueldad sin sentido, que llevó a Liu a la muerte, en custodia policial, apenas un mes después de recibir el diagnóstico.

Bajo el presidente Xi Jinping, el “liderazgo colectivo” que prevaleció desde la muerte de Mao Zedong fue cediendo paso al gobierno del hombre fuerte. La purga política dirigida por Xi y presentada como una campaña anticorrupción se ha intensificado, dejando a los cuadros del Estado unipartidista desmoralizados por la desaparición de sus prebendas y temerosos de ser los próximos blancos. La erosión de la unidad de la élite política aumenta día a día la fragilidad del régimen. Otro factor debilitante es la desaceleración del crecimiento de los ingresos. El reclamo de legitimidad del PCC se funda en la promesa de mayor prosperidad material. Pero el modelo de crecimiento basado en la inversión que sostuvo el milagro económico chino de los últimos treinta años ya está agotado. También agrega incertidumbre al futuro económico de China el rechazo a la globalización en años recientes. Aunque esté tratando de pasar a un modelo de crecimiento basado en el consumo interno, la realidad es que la economía sigue siendo sumamente dependiente de las exportaciones. China ya alcanzó el nivel de ingresos per cápita en el que casi todas las autocracias en países no productores de petróleo se derrumban. Por supuesto, en momentos de crecimiento económico vacilante (como ahora), el PCC puede recurrir a la represión despiadada y a azuzar el nacionalismo para rechazar desafíos a su poder. Pero la efectividad de esta estrategia es limitada; los costos económicos y morales de una escalada represiva llevarían tarde o temprano a un grado de agitación interna que ni el sistema de partido único más poderoso del mundo podría ocultar. En este contexto, resulta evidente que en vez de una señal de fuerza, el maltrato del régimen chino a Liu es prueba de su debilidad, inseguridad y temor. En algún punto (probablemente en los próximos dos decenios), la combinación de disgregación interna y presión externa por parte de una población en demanda de libertad acabará con el gobierno de un único partido y, esperemos, dará inicio a la clase de sociedad abierta por la que Liu luchó toda la vida.

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