Toma forma la doctrina Trump
La estrategia transaccional del presidente norteamericano, Donald Trump, frente a los acuerdos multinacionales es muy diferente de la de sus antecesores. Mientras que los presidentes anteriores han visto los acuerdos internacionales en el contexto de una estrategia comercial y de seguridad más amplia por parte de Estados Unidos, Trump los ve de manera aislada. En su opinión, muchos acuerdos en los que EE. UU. es un país firmante fueron mal negociados, son excesivamente engorrosos o están desactualizados y no son adecuados para las cambiantes condiciones económicas y de seguridad. Después de asumir el cargo, Trump retiró a EE. UU. del Acuerdo Transpacífico (TPP) y después de escuchar a los líderes de Canadá y México, ha optado por “renegociar” el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, en lugar de desmantelarlo por completo, como había prometido durante su campaña. En su primer viaje presidencial al exterior, Trump tomó algunas primeras medidas en Oriente Medio. Sin embargo, en un discurso ante líderes de la OTAN, eliminó una frase que habría reafirmado explícitamente el compromiso de EE. UU. con la defensa colectiva, disgustando a sus aliados, y aparentemente también a algunos de sus principales asesores. (Más recientemente, terminó pronunciándose a favor de la cláusula). Entender la estrategia del presidente requiere ir más allá del circo mediático frívolo y en parte autoinfligido que rodea cada uno de sus tuits. Tengo poca simpatía por los extremista:: quienes piensan que el calentamiento global es una farsa y quienes utilizan el miedo a un inminente Armagedón para exigir una regulación gubernamental de la economía de mano dura. La mayoría de nosotros estaría de acuerdo en tener un conjunto de políticas realistas para abordar los riesgos potencialmente serios que el cambio climático va a plantear en el futuro, y a un costo razonable. El acuerdo climático de París, por su parte, habría tenido un impacto mínimo en el clima, aun si cada país hubiera cumplido realmente con los objetivos de reducción de emisiones no vinculantes que se habían planteado. En la década pasada, EE. UU. redujo sus emisiones más que cualquier otro país, porque la revolución del fracking ha permitido que el gas natural económico sustituyera al carbón en la generación de energía, impidiendo al mismo tiempo un contragolpe en materia de precios contra las energías renovables. Esta tendencia continuará en el futuro previsible. Y, ahora que otros países empiezan a erradicar el carbón al producir o importar gas natural limpio y barato, también reducirán sus emisiones. Habría sido preferible que EE. UU. hubiese permanecido en el Acuerdo de París, le habría dado más apalancamiento en futuros compromisos y acuerdos, incluso en otras cuestiones. Trump podría haber ajustado los objetivos de emisiones y los compromisos financieros “determinados nacionalmente” de EE. UU. y, por qué no, haber aumentado las posibilidades de que el acuerdo de París obtuviera una ratificación del Senado. Trump se ve a sí mismo como un gran negociador. Pero todavía está por verse si su estrategia de renegociación o retirada de acuerdos resultará efectiva.