El Templo del Sol mantiene con vida la historia indigena

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El Templo del Sol mantiene con vida la historia indigena

Ubicado en las faldas del volcán Pululahua. Sus paredes guardan las riquezas de los ancestros. Se levanta a pocos kilómetros del monumento Mitad del Mundo.

El Templo del Sol, una  gran edificación de piedra a los pies del volcán Pululahua, que atrapa entre sus paredes fragmentos de la historia indígena. En este lugar los indígenas se reencuentran con sus ancestros.

El Templo del Sol es una construcción en piedra junto a las faldas del volcán Pululahua, encierra dentro de sus paredes vestigios de la historia indígena, tanto en cuadros y esculturas, como en esencias aromáticas que evocan al pasado, ayudan a comprender el presente y a proyectar la identidad cultural hacia el futuro.

El templo-museo, con inmensas paredes que terminan en un zigzag típico de castillo de la Edad Media, se levanta a pocos kilómetros del turístico monumento de la Mitad del Mundo, que corona la línea imaginaria que divide al planeta en los hemisferios norte y sur.

En esas paredes de piedra, que guardan en su interior la historia de los indígenas ecuatorianos, se dan relatos de su pasado, hablan de la colonización, destacan la importancia de la naturaleza y subrayan los tres principios básicos de sus ancestros: no mentir, no robar y no ser ocioso.

“Es muy importante tener este conocimiento de cuál es nuestra identidad cultural, saber quiénes son nuestros ancestros para saber quiénes somos ahora y hacia dónde caminamos”, dijo Munay Sisa Ortega con su traje típico en el que destacan flores de un rojo intenso bordadas sobre una blusa blanca.

Su padre, Cristóbal Ortega Maila, cuenta que el templo es la concreción de un “sueño”, que financió con recursos propios en un lugar “sagrado”, en el centro del mundo, donde la energía fluye, y donde exhibe sus pinturas y esculturas para mantener “viva” la historia indígena.

De estatura pequeña, facciones faciales fuertes y una larga cabellera negra, Cristóbal Ortega recibe en el templo, ubicado a 3.000 metros de altitud, a chamanes que honran a la naturaleza durante ceremonias en las que puede participar el público.

Sobre esas imponentes gradas se aprecian esculturas de rostros humanos y de animales que integrarán el Templo de la Luna, ahora en construcción.

El Templo del Sol, que representa a los grandes santuarios indígenas, acoge además en sus tres pisos, conocimientos de los antepasados para calmar males del cuerpo con elementos de la naturaleza.

En una gran sala tenue y a desnivel, expertos indígenas explican las propiedades del jade y el cuarzo usados por sus ancestros y, tras pedir al visitante cerrar los ojos y extender las manos, una danza de aromas, concentrados en esencias extraídas de distintas hierbas, crea un ambiente de tranquilidad.

“Si no hubiera sido pintor, estaría en un manicomio porque siento locura de ver la desesperanza y desilusión de la gente. En mi pintura están sus siluetas para enseñar al mundo lo que no quiere ver”, menciona el artista.

La ‘banda sonora’ sale de instrumentos de la propia naturaleza y sobresale el llamado ‘palo de lluvia’: un palo hueco con semillas en su interior que al moverlo de arriba abajo emula el sonido del agua al caer.

De pronto, el corazón da un vuelco al escuchar a un puma, pero vuelve a su sitio al ver a Nina, otra de las hijas de Cristóbal, soplar en una figura de cerámica de la que sale ese sonido, que moldeado con el movimiento de sus manos, imita el rugido del animal.

En el museo, de unos 500 metros cuadrados de construcción, Ortega, de 52 años y descendiente de la cultura Kitu Kara, hace una reverencia al Sol, para lo cual ha dejado una abertura que permite el ingreso de los rayos del astro rey, que caen de forma perpendicular dos veces al año: 21 de marzo y 23 de septiembre.

El resto del año, los rayos que se filtran a la cámara solar iluminan una estrella de ocho puntas dibujada en el piso, como la que usaban los ancestros para marcar fechas de siembra y cosecha.

Las efigies con rasgos kichwas

Dentro del templo, esculturas hechas en roca recuerdan a indígenas guerreros que se resistieron a la invasión española, y pinturas en las que sobresalen el amarillo y el rojo, considerando la cosmovisión andina. Pero Ortega Maila no sólo pinta sobre la cultura indígena.

Su indignación, por la injusticia, las guerras, las desigualdades, el daño al medioambiente, la ha plasmado en obras de colecciones como ‘En peligro de extinción’, que exhibe también en el Templo del Sol.