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Superavit aleman y la politica
El debate sobre los desequilibrios macroeconómicos globales está cada vez más centrado en el superávit de cuenta corriente y la política económica de Alemania. Pese a la vitalidad del motor económico alemán y al papel que cumple en impulsar el crecimiento y mantener la estabilidad en la eurozona, se oyen cada vez más críticas a su enorme superávit externo. Como expresó The Economist, Alemania “ahorra demasiado y gasta demasiado poco”, y eso la convierte en una “extraña defensora del libre comercio”. ¿Qué hará Alemania? La respuesta depende de qué guíe la toma de decisiones: la economía o la política. Las críticas actuales, que en opinión de un observador generaron un “clima incómodo” en la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo, se centran en dos afirmaciones: que Alemania se perjudica a sí misma al exportar demasiado e invertir demasiado poco fronteras adentro y, que escatima demanda al resto del mundo, en particular a Estados Unidos. Según esta visión, si Alemania contribuyera más al gasto global, la recuperación económica de la crisis financiera de 2008 hubiera sido más sólida. Pero la verdad es que no hay razones económicas concluyentes para un cambio de rumbo en Alemania. Cualesquiera razones que haya son ante todo políticas. El aumento del superávit se debe a una sola razón: la prudencia. El envejecimiento poblacional y la reducción de la fuerza laboral enfrentan a Alemania a la posibilidad de una crisis fiscal. El país necesita prepararse para la previsión de que los aportes al sistema jubilatorio disminuyan y aumenten los costos sanitarios. Es indudable que Alemania podría ayudar a las economías de la eurozona en dificultades comprándoles más bienes y servicios. Pero aumentar las importaciones y reducir el superávit también generaría un alza de tipos de interés, algo perjudicial para los países muy endeudados. En política fiscal, lo mismo que en seguridad nacional, es perfectamente normal que un país anteponga sus intereses a los ajenos. Pero aun así, la presión global puede hacer cambiar de parecer a la canciller alemana, Ángela Merkel, por al menos tres razones: una estrategia de poner a “Alemania primero”, similar al “Estados Unidos primero” del presidente Donald Trump, sería contraproducente. Segundo, los deudores no suelen ver con simpatía a sus acreedores. Las deudas que otros países tienen con Alemania pueden llevar a conflictos políticos, porque los deudores tienen incentivos para el impago. Tercero, el procedimiento relativo a desequilibrios macroeconómicos de la UE, que se instituyó para evitar políticas económicas desestabilizantes por parte de los Estados miembros, exige ajustes a los países con un superávit de cuenta corriente superior al 6 % del PIB. Mal puede Alemania esperar que otros países cumplan las reglas de la UE si ella misma las ignora. Que Merkel decida actuar está por verse, pero si lo hace, tiene abundantes opciones a su disposición. Pero en cuanto a resolver los desequilibrios macroeconómicos globales, una reducción de su superávit externo, incluso hasta 2,5 puntos porcentuales desde el nivel actual del 8,5 % del PIB, apenas incidiría en la economía global. Un aumento de la demanda equivalente al 2,5 % del PIB alemán solo aumentaría la demanda global un 0,1 %. El mundo perdería un chivo expiatorio para sus dificultades económicas y el resto seguiría igual.