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Superar la indolencia

Recientemente, en un editorial de EXPRESO se sostenía que somos un país sin vergüenza. Probablemente la inferencia que una visión rápida de ese título permitía dio motivos para la abundante lectura que su texto mereció.

Comentándolo, algunos ciudadanos han señalado que parte de la razón de ese comportamiento que nos ha vuelto impúdicos, deriva de que somos totalmente irresponsables a partir de la casi absoluta ausencia de ejemplaridad pública positiva y que, por el contrario, estamos siendo víctimas de los malos ejemplos cotidianos que han terminado contagiándonos a todos.

La irresponsabilidad, entendida como la situación que surge cuando nadie se hace cargo de los males que nos afectan, ni de la muerte del general Gabela hasta las visitas a la cárcel para intentar disuadir a una agente de la policía vinculada a la grosera trama de un secuestro, pasando por el hallazgo de un cuartel convertido en bodega de los narcotraficantes, es asfixiante.

Cada día tenemos una nueva muestra de comportamientos negativos que deberían merecer alguna reacción pero, esta no ocurre ni en el ámbito público, menos todavía en el privado. Solo se cuchichea, se masculla o se maldice el que nadie haya resultado sancionado por sus irresponsabilidades del día anterior, de los meses anteriores, de los años previos,

Así, nos hemos vuelto, a más de irresponsables, indolentes. Nada nos conmueve más allá del comentario banal de tono más o menos inconforme. Con más pasión se comenta sobre fútbol que sobre la crisis que nos consume. Nos estamos acostumbrando a mirarlo todo como casi normal. Nada es inaceptable. Ni la saña de la criminalidad. Ni la creciente inseguridad. Ni la cotidiana exhibición de la corrupción política. Ni las masivas estafas de la publicidad engañosa o el asalto electrónico a nuestros escasos recursos económicos. Todo como producto de un acumulado de modorra cívica que nos hace mirar para otro lado mientras el país se cae a pedazos por la pérdida de sus pilares éticos, destruidos por la gran tragedia de la banalidad como norma de vida, asumida durante la década infame.