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Sube el subempleo del adulto mayor

Se los ve a menudo por las calles. Son esos personajes con historias eternas y repetidas, de piel pintada por el sol, de dientes escasos y de rostros repletos de arrugas, pero mucho más de ternura. Son esos adultos mayores que, al carecer de seguridad social, trabajan para sobrevivir, cuando, a estas alturas de su vida, deberían estar gozando de su jubilación.
Es que nunca estuvieron vinculados a algún empleo formal, nunca aportaron al IESS ni estuvieron en relación de dependencia de alguna empresa y eso los excluye de acceder ahora a aquellos beneficios que tienen los trabajadores cuando se retiran. Cada vez son más. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), a marzo de este año, la tasa de subempleo de los mayores de 65 años, era del 9,8 %. Hace un año, el indicador era más bajo: 6,6 %. Es que, a muchos, les toca vérselas solos porque no cuentan con sus hijos: ellos también tienen sus grandes líos económicos.
Se los encuentra en cualquier eje de la ciudad. Por el centro se ubican aquellos que venden periódicos y loterías; al sur, prefieren ventas de comida o frutas; otros prefieren estacionarse en los exteriores de los colegios o lugares concurridos, tomando ventaja de ese sol inclemente que pega duro y despierta la sed en los transeúntes. Eso lo sabe bien don Segundo Gonzalo Valencia, quien a sus 74 años, camina de cabo a rabo por el centro de Guayaquil, cargando una funda de botellas con agua en una mano, mientras que con la otra, banderea el producto que revela su frescura, con esas gotas pecosas en el exterior.
Para él, un día bueno es cuando la temperatura es alta y llega a vender hasta 50 botellas. Dice que alguien le provee de la mercadería y al final del día, la ganancia la parten en dos. Así es como se ayuda a pagar el almuerzo y la merienda porque su familia lo ha abandonado, pero hay una buena razón: “ellos son pobres como yo”, dice.
Luz María Sánchez lleva ya 86 años recorriendo la vida. Con el rostro pincelado de lunares oscuros, la menuda mujer que mide unos 1,20 metros, según su hija, ha perdido casi el sentido del oído, pero nunca las ganas de trabajar. Vende en una pequeña mesa esas cosas que necesitan las estudiantes afuera del icónico colegio 28 de Mayo: caramelos, moños, plumas... Se enfermaría si no trabaja, dice. Por eso la llevan a las 06:00 y de ahí no para hasta las 15:00.