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Sobreviviendo durante 180 horas

Luis Galeas estuvo más de siete días atrapado en medio de la selva. Su familia narra el sufrimiento de esa semana y la alegría de encontrarlo con vida.

Rescate. Tras una semana atrapado en medio de la selva, Hernán Cumbicus encontró a Luis Galeas.

Sobrevivió 180 horas en la selva amazónica. Inmóvil. Expuesto a amenazas y sin agua ni alimentos. A más de 30 grados centígrados... con el brazo izquierdo y las piernas fracturados, Luis Galeas se mantuvo a salvo en un hueco de 7 metros de profundidad durante ocho días. ¿Cómo? Esta es la historia del superviviente del que todos hablan en Sucumbíos. Empezó el 3 de noviembre.

Día 1. La mañana del sábado, Luis, de 24 años, salió de su casa, situada en la parroquia de Dureno (a unos 30 minutos de Lago Agrio). Debía ir a trabajar con un vecino, cuenta su madre María Fogacho. Al terminar, el joven fue a tomar cerveza con sus amigos. Después fue a Pacayacu, otra parroquia de Sucumbíos. “Desde ese momento no supe nada”, lamenta María, sentada sobre cañas guadua frente al hospital Marco Vinicio Iza.

Para entonces, Luis ya se había accidentado en el kilómetro 32 de la vía a Tarapoa. Él, montado en su motocicleta, se estrelló contra los tubos del oleoducto de crudo. Nadie lo vio.

Día 2. Empezaba el sufrimiento de Luis. Y también el de su familia. Las fracturas, no solo las del brazo y piernas sino también la de la cabeza –muy cerca del ojo izquierdo–, lo retorcían del dolor. No podía caminar, ni arrastrarse; la vegetación lo cubría y nadie lo escuchaba. La casa más próxima al sitio en el que había caído, un hueco profundo de tierra y hojas secas, estaba a 1.000 metros.

Día 3. Luis no había comido desde el sábado en la noche. Tampoco había tomado líquidos. Se había convertido en una potencial víctima de serpientes u otros animales de la Amazonía. Y de las moscas, que comenzaron a incubar en sus heridas abiertas.

Sus padres, José y María, habían montado un operativo de búsqueda. La madre fue al hospital. Pensaba que había sufrido un accidente y que no tenía documentos. No hubo resultados. Los demás lo buscaban en las zonas aledañas. Pasaban a metros de él. Pero nadie lo veía. Era casi imposible.

Día 4. Cubierto con toquillas, hojas verde y grandes que parecen abanicos, Luis soportaba el intenso calor de la zona. Su formación en el servicio militar parecía ayudarlo a mantenerse con vida.

Su madre puso la denuncia por desaparición en la Fiscalía. El Cuerpo de Bomberos y la comunidad de Echeandía se unieron a la búsqueda. Más de 100 personas.

Día 5. Como cada mañana desde que cayó en el hueco, Luis amanecía más delgado. No había comido ni bebido. Aunque... dice el doctor Leonardo Pavón, director del hospital general Marco Vinicio Iza, seguramente aprovechó el agua lluvia.

Día 6. Las larvas se habían convertido en gusanos. Comían poco a poco la piel del joven. Sobre todo, en la parte superior del ojo izquierdo.

Día 7. Despertó vivo. “Como un milagro de Dios”, dice su madre. El muchacho, nacido en Dureno, había superado al excursionista estadounidense, Aron Ralston, quien durante 127 horas permaneció atrapado en el parque nacional Robbers Roost, Utah, tras un accidente. De él se hizo una película.

Día 8. Hernán Cumbicus, de 47 años, se levantó la mañana del sábado 10 de noviembre para ir a cortar maleza en Aguarico 3. Con un machete, el obrero limpiaba la zona. A las 10:00 encontró una moto.

Llamó a la Policía de Dureno. Y con su autorización, Hernán se abrió paso entre la vegetación. A lo lejos escuchó el sonido de los bejucos. Mientras más se acercaba, el ruido más fuerte se hacía. A unos 30 metros de la carretera, finalmente halló a Luis. Con el brazo derecho (sin fractura), el muchacho hacía el mayor esfuerzo para mover las ramas. “Estaba consciente”, “boca arriba”.

A las 10:30 sonó el celular de María. “¡Veci, lo hallamos con vida!”.

Luis fue llevado al hospital Marco Vinicio Iza. Y allí permanece desde entonces. Ha perdido el ojo izquierdo porque cientos de gusanos lo estaban devorando. Lo han hecho antes de que la infección avanzara al cerebro.

—“Mamá, me duele la cabeza”, le dice el muchacho con la voz entrecortada. Fatigado. No puede hablar más. Está débil.

—“Mi hijo mete ñeque. Sigue adelante”, responde su madre. Siempre optimista.